Domingo, 22 de marzo de 2015

Por Germán Grosso Molina


Escribo estas líneas en medio de un año que sin dudas va a ser bastante agitado para los argentinos. Sabemos que en octubre se elige no sólo al nuevo Presidente, sino también legisladores, gobernadores, intendentes, concejales, etc.

Sabíamos que este sería un año agitado, pero sin dudas que la muerte del Fiscal Nisman, luego de que este acusara a la Presidente de la Nación por el delito de encubrimiento, en relación a la investigación del atentado a la AMIA, luego de lo polémico e inentendible del Tratado con Irán, sacudió notablemente el tablero político.

No es mi intención en esta nota hablar de eso. Sirve para que simplemente tengamos idea de la situación que estamos viviendo, si a eso le sumamos la cantidad de funcionarios sospechados de corrupción (El vice-presidente se encuentra procesado), la inflación galopante, la inseguridad creciente, el flagelo del narcotráfico, etc.

Lo que me preocupa en este momento es la gran división que existe entre los argentinos. El odio, la bronca, la intolerancia, está llegando a límites preocupantes. Tanto de uno o de otro lado de la cancha, puesto que evidentemente las aguas se dividen entre kirchneristas o anti-kirchneristas, existe una aspereza bastante aguda. No existen prácticamente canales de diálogo ni de tolerancia alguna.

Es feo que los argentinos ya no puedan compartir una charla, pues toda discusión sobre problemas actuales deriva, o suele convertirse, en una discusión política. Eso lleva inmediatamente a la toma de una posición, por lo general, límite o extrema, de blanco o negro. Y es así que vemos como almuerzos familiares, charlas de café, momentos que deberían ser alegres, como el festejo de un cumpleaños, etc., se ponen tensos cuando alguien introduce, a veces sin necesidad, un comentario, por lo general áspero, de tipo político. Las posiciones están tan marcadas, que prácticamente no se pueden llevar de buen modo conversaciones en donde existen opiniones diferentes. Eso está llevando a que se vivan momentos desagradables, en medio de una reunión familiar, de amigos o de compañeros de trabajo, o peor aún, que definitivamente existan ya distanciamientos entre parientes, amigos o compañeros que, directamente, no se pueden ni ver, todo en razón del pensamiento político de cada uno.

Eso es feo, grave y triste.

Al mismo tiempo, en círculos en donde existe un cierto grado de coincidencia en cuanto al pensamiento político, vemos como se suele ingresar en una especie de licuadora auto-retroalimentante ya sea de bronca y odio, si se es opositor, o de soberbia y autosuficiencia, en los que son oficialistas. Me explico. Ocurre que cuando personas que mantienen una postura opositora se reúnen, van, en una especia de calentamiento de motores, graduando poco a poco la bronca existente hacia el Gobierno; y así a un comentario de uno, se suma una bronca de otro, la ironía de otro, un insulto de otro, y así se va caldeando el ambiente. Al único puerto que pueden arribar, es simplemente a llenarse de cólera e ira frente a un Gobierno que no ha mostrado jamás, menos habría de mostrarlo ahora, capacidad de escucha o diálogo. En fin, son conversaciones estériles, que no llevan a ningún lado, sólo a enervar a los que se encuentran disconformes. En definitiva, como lo hemos dicho siempre desde este espacio, la realidad se cambia con ciudadanía y participación democrática, no con discusiones de café. Con acciones concretas en la vida política, no calentando una silla. La vida política no se limita sólo a lo partidario, sino a toda instancia de participación ciudadana y compromiso social.

Por otro lado, en el caso de los oficialistas, sus conversaciones se encuentran llenas se soberbia y autosuficiencia, en dónde con ironía y sarcasmo se ríen de la oposición, hacen oídos sordos a los legítimos reclamos de la ciudadanía, sobretodo de la clase trabajadora, mientras que se muestran ciegos frente a esos mismos problemas, como así también los innumerables casos de corrupción que existen en el Gobierno. En muchos casos éstos sujetos parecieran que se encuentran como anestesiados y obnubilados por el discurso oficial, y con gran ingenuidad apoyan y defienden cuestiones que resultan indefendibles; otros, directamente se encuentran condicionados por un interés netamente económico, pues viven de un cargo, de un contrato, o de una licitación, que les hace perder en cierta medida la libertad de opinión. Ni hablar del clientelismo político.

Esto, lo  más triste, lleva a un gran enfrentamiento entre clases sociales. Muchos, que aunque sea con razón han tomado una posición contraria al Gobierno, terminan generando en sí mismos un odio directo frente a otras clases sociales. En el caso de los opositores, dirigen la bronca contra la gente que recibe ayudas sociales, algún tipo de subsidio, o directamente hacia la clase política. Y como todo es “blanco o negro”, caen en una especie de fanatismo, al punto tal que todo lo que haga el Gobierno debe reprocharse, aunque se trate de políticas que, objetivamente, podrían considerarse aceptables (ej. defender la causa “Malvinas” en foros internacionales, la asignación universal por hijo, etc.).

Mientras que en el caso de los oficialistas, ese odio se dirige hacia las clases medias trabajadores, que injustamente se califican de “gorilas”, “fachistas” u otro tipo de agravios; o hacia las clases altas, y todo tipo de organización ciudadana que no concuerde con la línea oficial.

Las redes sociales están llenas de expresiones de este tipo.

Se observan también situaciones incoherentes. Es común ver en un perfil de Facebook que la misma persona que comparte hermosas frases del Papa Francisco, Madre Teresa o Nelson Mandela hablando de la paz, el amor, el diálogo, etc., inmediatamente después se encuentra compartiendo mensajes agraviantes contra la Presidente o grupos oficialistas. Una cosa es la crítica o la disconformidad, natural en una democracia, y otra el insulto y el agravio. Que el Gobierno y sus defensores actúen de ese modo, no justifica la violencia como respuesta.

Los oficialistas hacen lo mismo. Al tiempo que comparten una frase de la Presidente hablando del amor, la pluralidad y la democracia, tildan de gorilas, golpistas, fachos, desestabilizadores, etc. a quienes piensan distinto. Para este sector, un acto lleno de “militantes” pagos es muestra de la expresión popular, pero una marcha pacífica y tranquila de ciudadanos disconformes, es un acto desestabilizador y golpista.

Por otro lado es curioso ver que para los opositores, cuando la justicia acusa a los funcionarios del Gobierno, es una justicia limpia y confiable, pero cuando los sobresee o perdona, es una justicia manipulada y corrupta. Por su lado, para los oficialistas cuando la justicia investiga y acusa, es desestabilizadora, antidemocrática, corporativista, y se transforma en un “Partido Judicial”; mientras que cuando perdona o sobresee al Gobierno o sus funcionarios, es la mejor justicia que se ha logrado instalar, y la muestran como un logro de su gestión.

Como verán, me he encargado de retratar una situación casi esquizofrénica que está viviendo la Argentina. Por su puesto que nunca es bueno generalizar, pues hay excepciones, pero lo cierto, y exprésenlo si piensan diferente, es que este cuadro está bastante extendido en nuestra realidad. Es cierto que no somos Kosovo ni la Ex Yugoslavia, gracias a Dios la violencia no ha desatado una guerra civil, ni mucho menos. Creo que lejos estamos todavía de eso. No pretendo ser exagerado ni alimentar el espanto, pero cierto es que el clima social no es el mejor.

Generando ciudadanía y participación, cualquier proceso político debería vivirse con más naturalidad y confianza. Con instituciones fuertes, tengo la seguridad que existiría mayor tolerancia y diálogo entre nosotros. No niego que este clima de crispación e intolerancia ha sido generado y es alimentado día a día por el Gobierno (cada cadena nacional es una inyección de rabia y soberbia para la “militancia”), pero nosotros no nos debemos dejar llevar por eso. Si hablamos de madurez y prudencia, no podemos caer en el chiquillaje pendenciero que el Gobierno propone.

Juan Pablo II diría una vez:

Que cada uno vea en el otro no un enemigo al que hay que combatir, sino un hermano al que hay que recibir (14-8-2004, Accueil Notre-Dame).

Creo que todo cambio de la realidad es posible lograrlo mediante un movimiento político. Pero sin participación ciudadana éste no existirá jamás, y sólo será realizado por quienes tienen un interés particular y parcial, a veces mezquino, otras demagógico. Insisto, con participación democrática es posible generar un nuevo clima político, pues sólo la política permitirá lograr cambios estructurales que lleven, en definitiva, a que logremos un País mejor, en donde la paz, la justicia, la libertad y la solidaridad sean los valores que informen nuestra realidad nacional (aunque temo que en el fondo, no todos sostienen ese mismo tipo de valores, pero este ya es tema de otro post). De lo contrario, seguiremos peleados como perros y gatos.


Tags: GGPolitica, Cristina, Nisman, Elecciones, German Grosso

Publicado por GEGM_81 @ 2:27  | politica
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