Lunes, 08 de diciembre de 2014

 



Por Germán Grosso Molina


El recientemente clausurado Sínodo de los Obispos en Roma ha levantado, como habrán podido percibir, mucha polvareda, no sólo dentro de la Iglesia, sino en el mundo entero, que ha seguido, como lo viene haciendo desde el “efecto Francisco”, muy de cerca lo acontecido en el Vaticano.

En este sínodo extraordinario, el Papa quiso que los obispos convocados discutieran aquellos temas de lo que mucho se viene hablando, desde hace bastante tiempo, como son situaciones que tienen que ver con la familia actual, el matrimonio, los hijos, en fin. Temas que despiertan mucha polémica, por cuanto el mundo actual está proponiendo, evidentemente, moldes muy diferentes a los que la enseñanza de la Iglesia propone. Hablamos de uniones de hecho, matrimonios frágiles con amplias posibilidades de ruptura, familias ensambladas, entendiendo como tales aquellas fruto de uniones de personas ya separadas de una unión anterior, pero con hijos de por medio, en las cuales nos encontramos hijos de cada de sus miembros, e hijos comunes, a veces con mucha diferencia de edad entre ellos; uniones homosexuales, ya legalizadas en muchos países, con posibilidad de adopción; en fin.

Desde el mundo “exterior” se le reprocha a la Iglesia, entre otras muchas cosas, inmiscuirse en temas que, según algunos, no le atañen, como oponerse a la legalización del matrimonio gay o el aborto. Algunos sostienen que la Iglesia podrá enseñar lo que quiera a sus miembros, pero no tiene por qué proyectar sus preceptos al resto de la gente.

Otros van más allá, y reconociéndose miembros de la Iglesia, le cuestionan a ésta que no acepte este tipo de realidades, reclamando que las tolere, en incluso, que las permita. Desafían a la autoridad de los pastores (Obispos), e incluso arrojan afirmaciones desafiantes, tales como “si la Iglesia sigue así,  se va a quedar sin fieles”…

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Juan XXIII convocó hace ya 60 años, el Concilio Vaticano II. En él se propuso “repensar” la Iglesia, de cara al nuevo mundo, meditando sobre su rol, su tarea, su misión. Los documentos del concilio son riquísimos para leer y desentrañar lo que los padres conciliares pensaron y programaron para una  nueva era para la Iglesia.

Juan Pablo II, hijo de ese concilio, llevó adelante un pontificado que será recordado para siempre como el más audaz, en cuanto a conquista de territorios, países, ciudades, que se pueda recordar. Sus viajes batieron todo tipo de records. Su apertura al diálogo a otras religiones, o a los sectores del cristianismo separados de la Iglesia romana, han sido otro de sus logros más resaltados (sin olvidar los primeros pasos que ya dio Pablo VI). Pero se le criticaba, desde ciertos sectores, su postura “conservadora” en relación a temas morales. Tuvo a su lado a un férreo defensor de la doctrina cristiana, el Cardenal Ratzinger, quien fuera durante casi todo su pontificado prefecto de la Congregación de la Doctrina de la Fe; y quien a posteriori le sucedería como obispo de Roma, bajo el nombre de Benedicto XVI.

En relación a éste, vemos que su papado estuvo marcado, entre otras cosas, por la supuesta debilidad que éste presentaba para dominar situaciones más bien internas dentro de la Iglesia. Sin embargo fue él quien comenzó con la política de “tolerancia cero” respecto a los cura pederastas. Mientras, el mundo exterior se quería devorar a la Iglesia, atacándola desde todos los ángulos posibles. El panorama era desalentador… hasta que un día aquel Papa alemán tuvo tal vez la iluminación divina (seguramente, decimos nosotros) para decidir dar un paso al costado, en un hecho inédito para los últimos 600 años de la Iglesia.

Llegó Francisco, y ya vimos lo que pasó… Hagan “lío” les dijo a los argentinos que lo fueron a ver a Río de Janeiro, para la Jornada Mundial de la Juventud. Él, mientras tanto, se encargaría de otro tanto… ¡pero en Roma!

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¿Es revolucionario este Papa? ¿Trae un mensaje nuevo? ¿Quiere modificar la doctrina de la Iglesia, en temas tan fundamentales?

Vayamos ensayando algunas respuestas. Y tratemos de hacerlo a la luz del Evangelio…

En primer lugar diré que si a Juan Pablo II o Benedicto XVI se los acusaba de “conservadores”, “intransigentes”, etc., es porque en el fondo, siempre existió un alto grado de malicia por parte de distintos sectores mediáticos, que han orientado en esa dirección a la opinión pública. Porque basta leer sus encíclicas, cartas, mensajes, homilías, para descubrir que ellos, si bien siempre mantuvieron la “pureza” de la doctrina, con sustento en la palabra de Dios, que es la roca en la que se asienta toda la doctrina cristiana, también tuvieron en cuenta la mirada maternal y misericordiosa que la Iglesia debe mantener siempre respeto a sus hijos y el mundo.

Nos es objeto de esta nota explayarnos sobre ello, pero bastaría con que el lector recurra al propio Catecismo de la Iglesia Católica, aprobado en 1992 por el Papa Juan Pablo II, y en el cual el Cardenal Ratzinger tuvo a su cargo gran parte de la labor de recopilación y diagramación del mismo, para que cuando analice cómo éste trata estos temas a los que nos estamos refiriendo, observe que siempre se ha dejado previsto cómo debe acogerse a aquellas personas que, por la razón que fuere, se encuentren inmersas en alguna situación que merezca reprobación.

Sólo citaré algunos párrafos:

Respecto a las personas con tendencias homosexuales, dice el Catecismo: Un número apreciable de hombres y mujeres presentan tendencias homosexuales profundamente arraigadas. Esta inclinación, objetivamente desordenada, constituye para la mayoría de ellos una auténtica prueba. Deben ser acogidos con respeto, compasión y delicadeza. Se evitará, respecto a ellos, todo signo de discriminación injusta. Estas personas están llamadas a realizar la voluntad de Dios en su vida, y, si son cristianas, a unir al sacrificio de la cruz del Señor las dificultades que pueden encontrar a causa de su condición (CIC, num. 2358); Las personas homosexuales están llamadas a la castidad. Mediante virtudes de dominio de sí mismo que eduquen la libertad interior, y a veces mediante el apoyo de una amistad desinteresada, de la oración y la gracia sacramental, pueden y deben acercarse gradual y resueltamente a la perfección cristiana (num. 2359).

Nada nuevo ha dicho entonces Francisco, entre otras cosas, cuando en uno de sus viajes de regreso a Roma, dijo a un periodista: ¿quién soy yo para juzgar a un gay? Y propuso leer, justamente, lo que el catecismo enseña al respecto.

Respecto de quienes han padecido una separación o divorcio, Benedicto XVI dijo alguna vez: La pastoral entonces tiene que encontrar el modo de permanecer cerca de las personas individuales y de ayudarlas, también en su situación digamos irregular, a creer e Cristo como su salvador, a creer en su bondad, porque él sigue estando allí para ellos, aun cuando no puedan recibir la comunión. Y ha de ayudarlas a permanecer en la Iglesia, aun cuando su situación no sea canónicamente congruente (Entre vista con Peter Seewald, en el libro “Luz del Mundo”, Ed. Herder, 2010, p. 153 y ss.).

Juan Pablo II alguna vez, refiriéndose a los separados o divorciados, dijo: En unión con el Sínodo exhorto vivamente a los pastores y a toda la comunidad de los fieles para que ayuden a los divorciados, procurando con solícita caridad que no se consideren separados de la Iglesia, pudiendo y aun debiendo, en cuanto bautizados, participar en su vida. Se les exhorte a escuchar la Palabra de Dios, a frecuentar el sacrificio de la Misa, a perseverar en la oración, a incrementar las obras de caridad y las iniciativas de la comunidad en favor de la justicia, a educar a los hijos en la fe cristiana, a cultivar el espíritu y las obras de penitencia para implorar de este modo, día a día, la gracia de Dios. La Iglesia rece por ellos, los anime, se presente como madre misericordiosa y así los sostenga en la fe y en la esperanza (Exhortación apostólica Familiaris consortio)[i].

¿Qué de nuevo está planteando Francisco, cuando propone lo que propone al respecto, requiriendo de un sínodo de obispos debatir sobre las situaciones de las familias y matrimonios actuales en el planeta?[ii]

Cuando Francisco recalca una y otra vez la verdad acerca de la misericordia divina, ¿Propone algo nuevo?

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Después de leer estos párrafos, ¿podemos decir que Francisco está revolucionando la doctrina de la Iglesia y sus enseñanzas? Claramente, no. Siempre se ha hablado de la misericordia con que la Iglesia debe acoger aquellos hijos que se encuentren en una situación “irregular”.

¿Pero qué está ocurriendo? ¿Qué papel está desempeñando Francisco? Veamos. El Evangelio nos dará la respuesta.

Estimo que ocurre lo siguiente. Al Papa le preocupa la persona. Ese hijo de Dios que, por la razón que sea, se encuentra en alguna situación de pecado, irregular, objetable, como la queramos llamar. Se me viene a la mente entonces el pasaje del Evangelio en el que Jesús decide sanar a un enfermo en día sábado. El sábado era un día sagrado para los judíos (tal como lo es hoy el domingo, para los cristianos). Los fariseos, legistas, doctores de la ley, etc. de esa época, sospechaban fuertemente de este “galileo” que proclama la llegada del reino de Dios. El día sábado estaba reservado sólo a Dios. Toda acción que violara esa dedicación, salvo los casos expresamente previstos por la “ley” judía, era reprochable ante los ojos de Dios. Jesús decide curar al enfermo, en este caso, a una endemoniada (Lc 13, 10-17), acción que no estaba permitida. Por supuesto, los fariseos, indignados con él. Pero ¿Vino Jesús a violar la ley judía? ¿Podemos sostener semejante barbaridad? Claro que no. Jesús vino a poner las cosas en su lugar. No vino a suprimir ni a violar la ley, de ninguna manera, sino que vino a darle plenitud, verdadero sentido. Él mismo enseñó que el sábado estaba hecho para el hombre, y no el hombre, para el sábado. Si una hija de Abraham, diría, necesita el auxilio del cielo, ¿vamos a poner la ley por encima de la necesidad? Jesús no cambió la ley, la “doctrina”, sino que puso las cosas en su lugar.

Algo semejante ocurre entonces en la actualidad con el Papa. No está proponiendo cambiar la doctrina, los dogmas, las verdades de la fe, en torno a cuestiones tales como la homosexualidad, el matrimonio indisoluble, la familia fundada en él, etc. Nos está diciendo, al igual que Jesús, que más importante que la “norma”, que no va a ser derogada, es la “persona”, ese hijo de Dios que necesita ayuda, auxilio, contención…

Al igual que la parábola de la “oveja perdida”, cuando Jesús dice de la misma manera, no es voluntad del Padre celestial que se pierda uno sólo de estos pequeños (Mt 18, 12-14; Lc 15, 4-7), son las ovejas perdidas las que hoy importan. Es a ellas a las que hay que rescatar, hacerles un lugar, contenerlas, sanarlas, aliviarlas…

Frente a esta mirada “misericordiosa”, es inevitable que aparezcan grupos que se escandalicen con esta propuesta. Hablamos de aquellos “puritanos”, fanáticos, más que respetuosos de la ley, que no pueden tolerar un mensaje de apertura, amistad, en definitiva, “misericordia”, hacia los hermanos que atraviesan una situación difícil. Y, al igual que los fariseos y legistas de esa época, se preocupan más en imponer “pesadas cargas” sobre sus semejantes, más que analizarse individualmente en relación a la caridad (cfr. Lc 11, 45-46; Mt 23, 1-7).

Francisco, en este caso, parece decirnos, al igual que Jesús: el que esté libre, que arroje la primera piedra (Jn 8, 7), diciéndole luego a la mujer sorprendida en adulterio mujer: ¿Dónde están? ¿Nadie te ha condenado?

Jesús en este caso, fíjense bien, de ninguna manera vino a aceptar, legalizar, admitir, el “adulterio”; sino que se preocupó por la pecadora. Le cambió la vida, la rescató, la perdonó. No hizo legal lo que era ilegal; fue misericordioso con la persona, pero no derogó la norma, que siguió intacta.

El Papa recuerda que el mismo Jesús dijo Y esta es la voluntad del que me ha enviado: que no pierda nada de lo que él me ha dado, sino que lo resucite el último día (Jn 6, 39). Cuando el Papa proponer, exhorta, solicita al mundo entero, y particularmente, a los pastores del pueblo de Dios, que admitan, que se preocupen, que traten de cobijar al hermano caído, está aplicando en definitiva estos principios evangélicos. Ningún hijo de Dios puede quedar excluido, sobretodo, si es un pecador.

Ocurre que muchos sectores católicos se terminan comportando como el hijo mayor de la parábola del hijo pródigo. Como aquel hermano que, habiendo cumplido con todos los preceptos, se reciente con su padre por haber éste aguardado ansioso el regreso del hermano pecador. En lugar de comprender la actitud misericordiosa del Padre, se quedan encerrados en el marco de la ley (cfr. Lc 15, 11-33), y su accionar se vuelve egoísta y soberbio.

En esta parábola, Jesús enseña cual es la actitud del Padre celestial. En el relato, el padre no “legaliza” el acto irresponsable del hijo pródigo; no legitima que éste haya reclamado su herencia, la haya desperdiciado en placeres mundanos, haya desaprovechado la oportunidad de vivir en una casa ordenada y feliz… sino que resalta la actitud de “espera” permanente de conversión de aquel hijo desagradecido… a la vez que pone en evidencia la actitud egoísta del hijo mayor; aquel cumplidor de la norma, pero carente de caridad y humildad.

En definitiva, creo que hoy deben resonar estas palabras del Señor: Sean compasivos como su Padre es compasivo. No juzguen y no serán juzgados, no condenen y no serán condenados, perdonen y serán perdonados… con la medida con la que midan, se los medirá (Lc 6, 36-38)…

Han habido, tal vez, muchos dedos señaladores pero pocas manos abrazando

El Papa lo dice continuamente, la Iglesia debe asemejarse a un hospital de campaña, sanando heridos, como el buen samaritano.

***

El Papa, sucesor de Pedro, Vicario de Cristo, es quién iluminado por el Espíritu, nos guía en el aprendizaje de la palabra de Dios. Ocurre pues que algunos pretenden ser más papistas que el Papa. Se escandalizan cuando creen que Francisco ha venido a modificar dogmas y doctrinas que en realidad, permanecerán inmutables. Lo que nos está proponiendo el Papa es más bien cambiar nuestro modo, trato y comportamiento hacia el prójimo; los cambios que se proponen son en todo caso pastorales, no doctrinales; de actitud, no se convicción.

Pero vemos que además el Papa no propone tampoco nada nuevo. Hemos visto claramente lo que no enseña el Evangelio, pero también hemos repasado lo que enseñaban anteriores pontífices.

Ocurre, no lo podemos negar, que tal vez otros Papas sí se preocuparon más por la pureza de la doctrina, que por procurar una pastoral abierta y sanadora. Pero debemos tener en cuenta que todavía se sentían las réplicas del sismo que significó el Concilio Vaticano II. Había que demostrar que la Iglesia no se había degenerado, y que la doctrina permanecía inmutable. Además, estábamos frente al secularismo explosivo por el que atravesaba el mundo. El libertinaje sexual y desmesurado, desde Woodstock y el mayo francés, hasta la revolución cubana… acontecimientos todos que tiraban hacia una cultura descontrolada y sin límites. Había que procurar transmitir las verdades de la fe relativas a la moral.

Hoy la situación es diversa. El mundo nos propone realidades de vida que debemos afrontar, aceptar y superar. Es allí donde el Papa está poniendo su atención.

No se entusiasmen los grupos revolucionarios. El relativismo moral no tiene lugar en la Iglesia. No se admitirá la homosexualidad como una opción de vida, sino que se la seguirá considerando como una situación que ha de superarse; el matrimonio permanecerá siendo indisoluble, donde la fidelidad y fecundidad serán sus fines básicos y fundamentales, seguirá siendo la piedra basal de la familia, y ésta, de la sociedad mundana (el estado, la comunidad internacional, etc.) como trascendente (la Iglesia, el pueblo de Dios).

Pero tampoco se escandalicen lo puritanos. Si bien los dogmas deben permanecer inalterados, la actitud hacia el prójimo, hacia un mundo desordenado, debe ser la de la misericordia y no la del castigo, al mejor estilo de los fariseos.

A muchos nos puede tocar, y nos toca, atravesar situaciones que chocan con la doctrina de la Iglesia. Por nuestros errores muchas veces, pero también por situaciones y circunstancias que nos superan y que no podemos controlar. ¿Qué ocurre con aquel hombre o mujer que plenamente convencido de la naturaleza y finalidad del matrimonio, no encuentra aquel compañero de camino que esté también decidido a transitar esa ruta de unión férrea e irrompible? ¿Qué hará frente a la ruptura abrupta de un vínculo matrimonial? ¿Qué hará aquel padre o madre frente a la revelación de un hijo que es homosexual? ¿Los marginaremos y excluiremos?

Muchos ven (¿o vemos?) la paja en el ojo ajeno, pero no la viga en el nuestro.

***

Terminamos aquí nuestra reflexión. Tal vez me excedí un poco, no era la intención. Pero sí proponer que estemos atentos a lo que el Papa nos viene planteando e interpelando. Son tiempos proféticos, me decía un amigo. Los profetas debían anunciar la verdad en tiempos en que ésta era incomprensible, tanto para los ajenos como hasta para los suyos.

Que la Virgen inmaculada nos bendiga y  acompañe en este desafío, nos ilumine y guíe para contagiar al mundo con la luz de Cristo, y nos ayude a superar las situaciones difíciles y dolorosas de nuestra vida.

 

Nota: el autor es docente en Ética en la Universidad Católica de Cuyo; miembro de la Comisión de Justicia y Paz del Arzobispado de San Juan de Cuyo, Argentina; Diplomado en Antropología Cristiana por la Universidad de FASTA, Argentina. Casado, padre de 2 hijos, actualmente separado de hecho.



[i] Y en el mismo texto, respecto a las mujeres (aunque también entiendo que el concepto sería aplicable a los hombres) que se encuentran en alguna situación especial, dijo: Además, todavía hoy, en gran parte de nuestra sociedad permanecen muchas formas de discriminación humillante que afectan y ofenden gravemente algunos grupos particulares de mujeres como, por ejemplo, las esposas que no tienen hijos, las viudas, las separadas, las divorciadas, las madres solteras. Estas y otras discriminaciones han sido deploradas con toda la fuerza posible por los Padres Sinodales. Por lo tanto, pido que por parte de todos se desarrolle una acción pastoral específica más enérgica e incisiva, a fin de que estas situaciones sean vencidas definitivamente, de tal modo que se alcance la plena estima de la imagen de Dios que se refleja en todos los seres humanos sin excepción alguna…

 

[ii] También Juan Pablo II, refiriéndose a las mujeres que han incurrido en el crimen del aborto, dijo:

Una reflexión especial quisiera tener para vosotras, mujeres que habéis recurrido al aborto. La Iglesia sabe cuántos condicionamientos pueden haber influido en vuestra decisión, y no duda de que en muchos casos se ha tratado de una decisión dolorosa e incluso dramática. Probablemente la herida aún no ha cicatrizado en vuestro interior. Sin embargo, no os dejéis vencer por el desánimo y no abandonéis la esperanza. Antes bien, comprended lo ocurrido e interpretadlo en su verdad. Si aún no lo habéis hecho, abríos con humildad y confianza al arrepentimiento: el Padre de toda misericordia os espera para ofreceros su perdón y su paz en el sacramento de la Reconciliación. Podéis confiar con esperanza a vuestro hijo a este mismo Padre y a su misericordia… (Carta encíclica Evangelium vitae).


Tags: Papa Fracisco, Sinodo, Familia, Divorciados, Homosexualidad, German Grosso, GGCristianismo

Publicado por GEGM_81 @ 23:30  | cristianismo
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