Viernes, 02 de marzo de 2012

“Sin embargo, el amor apasionado del Padre a la humanidad triunfa sobre el orgullo humano” (Benedicto XVI)

Por Germán Grosso Molina

Ya llevamos unos días desde el inicio dela Cuaresma, es decir, el período previo a la celebración más importante dela Fecristiana:La Pascuadel Señor. Este es un tiempo en el quela Iglesiapropone la reflexión intensa sobre el mensaje de Dios, principalmente, sobre la obra redentora de su hijo Jesucristo, que después de venir al mundo, asumir nuestra naturaleza humana, haber transcurrido 30 años de su vida como un hombre más, y luego de haber ejercido su ministerio público enseñando, sanando y haciendo milagros, decide voluntariamente entregar su vida entera en el altar de la cruz por nuestra redención. Nada más, y nada menos. El Dios todopoderoso cumple su promesa de redimir al mundo, de perdonar sus pecados, de olvidar para siempre su desobediencia, entregando a su hijo único a la muerte, para luego vencerla para siempre, y llevar con Él, a todos quienes crean en Él.

Es por eso que en este tiempo de preparaciónla Iglesiapropone diferentes prácticas, como el ayuno, la oración, la reflexión, la limosna, en fin, obras de piedad y caridad, para prepararnos para recordar, y “revivir” el sacrificio dela Cruz. Elcalvario que vivió Jesús por nosotros.

Siendo que lo más trascendental de la obra redentora de Cristo es el perdón de nuestros pecados, entregando su vida y su sangre, por nosotros, es que lo más justo que podemos hacer, para ser al menos agradecidos de semejante sacrificio, es pedir perdón por nuestros pecados, por esas faltas que constantemente nos alejan de Dios. Si Cristo dio su vida por nosotros, si se dispuso a morir en la cruz por nosotros, ¿Cómo no responder al llamado a la conversión? ¿Cómo no seguirlo? ¿Cómo no tener Fe en su amor, y esperanza en su promesa de salvación?

Ocurre que a veces los hombres tenemos miedo, somos conscientes  de haber ofendido a Dios, y tenemos temor de no recibir perdón por nuestras faltas. Ese es el peor de los errores que podemos cometer, pues eso significa creernos más importantes, o peor aún, más valiosos que la vida de Cristo. Él entregó su vida por nosotros, y ahora nosotros creemos que nuestro ser, o que nuestro pecado es más grande que la vida de Cristo, como para no merecer el perdón de Dios. Nada más grave que creernos más valiosos que el redentor del mundo, que el amor de Dios, despreciando su misericordia. ¡Soberbia!

¿Qué solución encontramos a eso? Humildad. Aceptar nuestra debilidad, y nuestra nada, al lado del amor de Dios. A partir de allí reconoceremos nuestras faltas, y como el hijo pródigo, con la cabeza gacha volveremos a la casa del Padre, que sabemos, porque nos lo ha dicho en esa parábola, que nos está esperando con los brazos abiertos. Por eso siempre es bueno recordarla y releerla (Lc 15, 11-32).

Sobre ella decía el Papa Benedicto XVI:

Desde que Jesús nos habló del Padre misericordioso, las cosas ya no son como antes; ahora conocemos a Dios: es nuestro Padre, que por amor nos ha creado libres y dotados de conciencia, que sufre si nos perdemos y que hace fiesta si regresamos. Por esto, la relación con él se construye a través de una historia, como le sucede a todo hijo con sus padres: al inicio depende de ellos; después reivindica su propia autonomía; y por último —si se da un desarrollo positivo— llega a una relación madura, basada en el agradecimiento y en el amor auténtico (Ángelus 14-3-2010).

En otra oportunidad, el Papa dijo:

La parábola del hijo pródigo es uno de los pasajes más apreciados de la sagrada Escritura. Su profunda ilustración de la misericordia de Dios y el importante deseo humano de conversión y reconciliación, así como el restablecimiento de las relaciones rotas, hablan a los hombres y a las mujeres de todas las edades. Es frecuente la tentación del hombre de ejercer su libertad alejándose de Dios. Ahora bien, la experiencia del hijo pródigo nos permite constatar, tanto en la historia como en nuestra propia vida, que cuando se busca la libertad fuera de Dios el resultado es negativo: pérdida de la dignidad personal, confusión moral y desintegración social. Sin embargo, el amor apasionado del Padre a la humanidad triunfa sobre el orgullo humano. Prodigado gratuitamente, es un amor que perdona y lleva a las personas a entrar más profundamente en la comunión de la Iglesia de Cristo. Ofrece verdaderamente a todos los pueblos la unidad en Dios y, como Cristo lo manifiesta perfectamente en la cruz, reconcilia la justicia y el amo (Discurso, al cuarto grupo de obispos de Canadá en visita "ad limina", 9-10-2006).-

Otras veces que si bien reconocemos nuestro error y nuestra “nada”, no soportamos presentarnos ante una carne humana a confesar nuestros pecados. ¿Cómo “yo”, un hombre cualquiera, voy a acercarme a otro “hombre” cualquiera a confesar mis pecados? ¿Quién es él para contarle mis miserias? Yo me confieso sólo frente a Dios. Otra vez la soberbia.

Si creo en Cristo a través de lo que relata el Evangelio (el único testimonio verdadero de él), debo recordar lo que el mismo Jesús estableció. Luego de la resurrección, Jesús se apareció varias veces a sus discípulos, les mostró sus heridas, y hasta comió con ellos:

les mostró sus manos y su costado. Los discípulos se llenaron de alegría cuando vieron al Señor. Jesús les dijo de nuevo: « ¡La paz esté con ustedes! Como el Padre me envió a mí, yo también los envío a ustedes»

Al decirles esto, sopló sobre ellos y añadió

«Reciban al Espíritu Santo. Los pecados serán perdonados a los que ustedes se los perdonen, y serán retenidos a los que ustedes se los retengan». (Jn 20, 20-23).

Es decir que según el relato bíblico, Jesús al soplar sobre sus discípulos el Espíritu Santo, les dio también autoridad para perdonar los pecados. Cristo quiso que toda su Iglesia, tanto en su oración como en su vida y su obra, fuera el signo y el instrumento del perdón y de la reconciliación que nos adquirió al precio de su sangre. Sin embargo, confió el ejercicio del poder de absolución al ministerio apostólico, que está encargado del "ministerio de la reconciliación" (2 Co 5,18) (CIC 1442).

De manera que fue el mismo Cristo el que instituyó este precioso sacramento, y nos los regala para nuestra salvación. Es san Pablo el que, según el texto bíblico, dice:

Y todo esto procede de Dios, que nos reconcilió con él por intermedio de Cristo y nos confió el ministerio de la reconciliación. Porque es Dios el que estaba en Cristo, reconciliando al mundo consigo, no teniendo en cuenta los pecados de los hombres, y confiándonos la palabra de la reconciliación.
Nosotros somos, entonces, embajadores de Cristo, y es Dios el que exhorta a los hombres por intermedio nuestro. Por eso, les suplicamos en nombre de Cristo: Déjense reconciliar con Dios (2 Co 5,18-20).

Entendemos por "ministerio": Empleo, cargo, ocupación, por eso dice el diccionario: el sacerdocio es un ministerio divino. Raíz latina ministerĭum, servicio (RAE). Por "embajador", se entiende emisario o mensajero (RAE).

En otro pasaje bíblico, se puede leer al apóstol Santiago, que hace referencia a este sacramento y al ministerio sacerdotal:

Si alguien está afligido, que ore. Si está alegre, que cante salmos. Si está enfermo, que llame a los presbíteros de la Iglesia, para que oren por él y lo unjan con óleo en el nombre del Señor. La oración que nace de la fe salvará al enfermo, el Señor lo aliviará, y si tuviera pecados, le serán perdonados. Confiesen mutuamente sus pecados y oren los unos por los otros, para ser curados. La oración perseverante del justo es poderosa. (Sa 5, 16)

Por eso, enseña la Iglesia que

La confesión de los pecados (acusación), incluso desde un punto de vista simplemente humano, nos libera y facilita nuestra reconciliación con los demás. Por la confesión, el hombre se enfrenta a los pecados de que se siente culpable; asume su responsabilidad y, por ello, se abre de nuevo a Dios y a la comunión de la Iglesia con el fin de hacer posible un nuevo futuro. La confesión de los pecados hecha al sacerdote constituye una parte esencial del sacramento de la Penitencia (CIC 1455, 1456).

La condición de estar limpios de pecado para poder recibir la Eucaristía, es decir, la necesidad de "confesarnos" antes de comulgar, surge de la exhortación de san Pablo:

Por eso, el que coma el pan o beba la copa del Señor indignamente tendrá que dar cuenta del Cuerpo y de la Sangre del SeñorQue cada uno se examine a sí mismo antes de comer este pan y beber esta copa; porque si come y bebe sin discernir el Cuerpo del Señor, come y bebe su propia condenación (1 Co, 11, 27-29).


***

Ante tales razones, queridos amigos, es que creo que resulta por demás beneficioso para nuestra vida, para nuestra alma, para ¡salvarnos!, acercarnos al sacramento de la reconciliación. Es Dios, Padre bueno, el que nos espera. Es Jesús, Señor y Salvador, el que nos ha regalado este medio de gracia y lo ha obtenido con su sangre enla Cruz. Esel Espíritu Santo el que nos puede mover para recibirla.

Enseñaba san Josemaría Escrivá:

Insisto, ten ánimos, porque Cristo, que nos perdonó en la Cruz, sigue ofreciendo su perdón en el Sacramento de la Penitencia, y siempre tenemos por abogado ante el Padre a Jesucristo, el Justo. El mismo es la víctima de propiciación por nuestros pecados: y no tan sólo por los nuestros, sino también por los de todo el mundo, para que alcancemos la Victoria... En este Sacramento maravilloso, el Señor limpia tu alma y te inunda de alegría y de fuerza para no desmayar en tu pelea, y para retornar sin cansancio a Dios (Amigos de Dios, 214).

No despreciemos, ni dejemos de aprovechar, el favor obtenido por medio de Cristo: Así pues, todos los pecadores tienen siempre abierta una puerta de esperanza. "El hombre no se queda solo para intentar, de mil modos a menudo frustrados, una imposible ascensión al cielo: hay un tabernáculo de gloria, que es la persona santísima de Jesús el Señor, donde lo humano y lo divino se encuentran en un abrazo que nunca podrá deshacerse: el Verbo se hizo carne, en todo semejante a nosotros, excepto en el pecado (Juan Pablo II, audiencia, 30-8-2000).

Todo esto aparece claramente en el discurso que Pedro pronuncia en el pórtico de Salomón: "Dios dio cumplimiento de este modo a lo que había anunciado por boca de todos los profetas: que su Cristo padecería. Arrepentíos, pues, y convertíos, para que vuestros pecados sean borrados" (Hch 3,18-19).

Me despido, con las letras del Salmo:

Porque yo reconozco mis faltas

y mi pecado está siempre ante mí.

Contra ti, contra ti solo pequé

e hice lo que es malo a tus ojos.

Por eso, será justa tu sentencia

y tu juicio será irreprochable (Sal 51, 5,6)

Recomiendo lectura para comprender y saber más sobre ste Sacramento:

-          Compendio Catecismo dela Iglesia Católica: Los Sacramentos de curación.

-          Catequesis de Juan Pablo II sobre el Sacramento dela Reconciliación

-          Parábola del Hijo Pródigo

-          Salmo

 

-          San Josemaría Escrivá: Dios no se cansa de perdonar

 

Nota: Se agregaron algunas glosas el 27/08/2015 (se ven en letra más reducida en medio del texto)


    Tags: cuaresma, confesion, reconciliacion, GGCristianismo, German Grosso

    Publicado por GEGM_81 @ 11:43  | cristianismo
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