Mi?rcoles, 22 de diciembre de 2010

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CELEBRACI?N DE LAS V?SPERAS EN EL INICIO DEL TIEMPO DE ADVIENTO

HOMIL?A DEL SANTO PADRE BENEDICTO XVI

Bas?lica Vaticana
S?bado 27 de noviembre de 2010

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Queridos hermanos y hermanas:

Con esta celebraci?n vespertina, el Se?or nos da la gracia y la alegr?a de abrir el nuevo A?o lit?rgico iniciando con su primera etapa: el Adviento, el per?odo que conmemora la venida de Dios entre nosotros. Todo inicio lleva consigo una gracia particular, porque est? bendecido por el Se?or. En este Adviento se nos conceder?, una vez m?s, experimentar la cercan?a de Aquel que ha creado el mundo, que orienta la historia y que ha querido cuidar de nosotros hasta llegar al culmen de su condescendencia haci?ndose hombre. Precisamente el misterio grande y fascinante del Dios con nosotros, es m?s, del Dios que se hace uno de nosotros, es lo que celebraremos en las pr?ximas semanas caminando hacia la santa Navidad. Durante el tiempo de Adviento sentiremos que la Iglesia nos toma de la mano y, a imagen de Mar?a sant?sima, manifiesta su maternidad haci?ndonos experimentar la espera gozosa de la venida del Se?or, que nos abraza a todos en su amor que salva y consuela.

Mientras nuestros corazones se disponen a la celebraci?n anual del nacimiento de Cristo, la liturgia de la Iglesia orienta nuestra mirada hacia la meta definitiva: el encuentro con el Se?or que vendr? en el esplendor de la gloria. Por eso nosotros que en cada Eucarist?a ?anunciamos su muerte, proclamamos su resurrecci?n, a la espera de su venida?, vigilamos en oraci?n. La liturgia no se cansa de alentarnos y de sostenernos, poniendo en nuestros labios, en los d?as de Adviento, el grito con el cual se cierra toda la Sagrada Escritura, en la ?ltima p?gina del Apocalipsis de san Juan: ??Ven, Se?or Jes?s!? (22, 20).

Queridos hermanos y hermanas, nuestro reunirnos aqu? esta tarde para iniciar el camino del Adviento se enriquece con otro importante motivo: con toda la Iglesia, queremos celebrar solemnemente una vigilia de oraci?n por la vida naciente. Deseo expresar mi agradecimiento a todos aquellos que se han adherido a esta invitaci?n y a cuantos se dedican de modo espec?fico a acoger y custodiar la vida humana en las distintas situaciones de fragilidad, especialmente en sus inicios y en sus primeros pasos. Precisamente el comienzo del A?o lit?rgico nos hace vivir nuevamente la espera de Dios que se hace carne en el seno de la Virgen Mar?a, de Dios que se hace peque?o, se hace ni?o; nos habla de la venida de un Dios cercano, que ha querido recorrer la vida del hombre, desde los comienzos, y esto para salvarla totalmente, en plenitud. As?, el misterio de la encarnaci?n del Se?or y el inicio de la vida humana est?n ?ntima y arm?nicamente conectados entre s? dentro del ?nico designio salv?fico de Dios, Se?or de la vida de todos y de cada uno. La Encarnaci?n nos revela con intensa luz y de modo sorprendente que toda vida humana tiene una dignidad alt?sima, incomparable.

El hombre presenta una originalidad inconfundible respecto a todos los dem?s seres vivientes que pueblan la tierra. Se presenta como sujeto ?nico y singular, dotado de inteligencia y voluntad libre, pero tambi?n compuesto de realidad material. Vive simult?nea e inseparablemente en la dimensi?n espiritual y en la dimensi?n corporal. Lo sugiere tambi?n el texto de la primera carta a los Tesalonicenses que hemos proclamado: ?Que ?l, el Dios de la paz ?escribe san Pablo?, os santifique plenamente, y que todo vuestro ser, el esp?ritu, el alma y el cuerpo, se conserve sin mancha hasta la venida de nuestro Se?or Jesucristo? (5, 23). Somos, por tanto, esp?ritu, alma y cuerpo. Somos parte de este mundo, vinculados a las posibilidades y a los l?mites de la condici?n material; al mismo tiempo, estamos abiertos a un horizonte infinito, somos capaces de dialogar con Dios y de acogerlo en nosotros. Actuamos en las realidades terrenas y a trav?s de ellas podemos percibir la presencia de Dios y tender a ?l, verdad, bondad y belleza absoluta. Saboreamos fragmentos de vida y de felicidad y anhelamos la plenitud total.

Dios nos ama de modo profundo, total, sin distinciones; nos llama a la amistad con ?l; nos hace part?cipes de una realidad por encima de toda imaginaci?n y de todo pensamiento y palabra: su misma vida divina. Con conmoci?n y gratitud tomamos conciencia del valor, de la dignidad incomparable de toda persona humana y de la gran responsabilidad que tenemos para con todos. ?Cristo, el nuevo Ad?n ?afirma el concilio Vaticano II? en la misma revelaci?n del misterio del Padre y de su amor, manifiesta plenamente el hombre al propio hombre y le descubre la grandeza de su vocaci?n... El Hijo de Dios, con su encarnaci?n, se ha unido, en cierto modo, con todo hombre? (Gaudium et spes, 22).

Creer en Jesucristo conlleva tambi?n tener una mirada nueva sobre el hombre, una mirada de confianza, de esperanza. Por lo dem?s, la experiencia misma y la recta raz?n muestran que el ser humano es un sujeto capaz de inteligencia y voluntad, autoconsciente y libre, irrepetible e insustituible, v?rtice de todas las realidades terrenas, que exige que se le reconozca como valor en s? mismo y merece ser escuchado siempre con respeto y amor. Tiene derecho a que no se le trate como a un objeto que poseer o como a algo que se puede manipular a placer, que no se le reduzca a puro instrumento en favor de otros o de sus intereses. La persona es un bien en s? misma y es preciso buscar siempre su desarrollo integral.

El amor a todos, si es sincero, tiende espont?neamente a convertirse en atenci?n preferente por los m?s d?biles y los m?s pobres. En esta l?nea se sit?a la solicitud de la Iglesia por la vida naciente, la m?s fr?gil, la m?s amenazada por el ego?smo de los adultos y por el oscurecimiento de las conciencias. La Iglesia subraya continuamente lo que declar? el concilio Vaticano ii contra el aborto y toda violaci?n de la vida naciente: ?Se ha de proteger la vida con el m?ximo cuidado desde la concepci?n? (ib., n. 51).

Hay tendencias culturales que tratan de anestesiar las conciencias con motivaciones presuntuosas. Respecto al embri?n en el seno materno, la ciencia misma pone de relieve su autonom?a capaz de interacci?n con la madre, la coordinaci?n de los procesos biol?gicos, la continuidad del desarrollo, la creciente complejidad del organismo. No se trata de un c?mulo de material biol?gico, sino de un nuevo ser vivo, din?mico y maravillosamente ordenado, un nuevo individuo de la especie humana. As? fue Jes?s en el seno de Mar?a; as? fue para cada uno de nosotros, en el seno de nuestra madre. Con el antiguo autor cristiano Tertuliano, podemos afirmar: ?Ya es un hombre aquel que lo ser? (Apolog?tico, IX, 8); no existe ninguna raz?n para no considerarlo persona desde su concepci?n.

Lamentablemente, incluso despu?s del nacimiento, la vida de los ni?os sigue estando expuesta al abandono, al hambre, a la miseria, a la enfermedad, a los abusos, a la violencia, a la explotaci?n. Las m?ltiples violaciones de sus derechos, que se cometen en el mundo, hieren dolorosamente la conciencia de todo hombre de buena voluntad. Frente al triste panorama de las injusticias cometidas contra la vida del hombre, antes y despu?s del nacimiento, hago m?o el apremiante llamamiento del Papa Juan Pablo II a la responsabilidad de todos y de cada uno: ??Respeta, defiende, ama y sirve a la vida, a toda vida humana! S?lo siguiendo este camino encontrar?s justicia, desarrollo, libertad verdadera, paz y felicidad? (Evangelium vitae, 5). Exhorto a los protagonistas de la pol?tica, de la econom?a y de la comunicaci?n social a hacer cuanto est? dentro de sus posibilidades para promover una cultura siempre respetuosa de la vida humana, para procurar condiciones favorables y redes de sost?n a la acogida y al desarrollo de ella.

A la Virgen Mar?a, que acogi? al Hijo de Dios hecho hombre con su fe, con su seno materno, con atenta solicitud, con el acompa?amiento solidario y vibrante de amor, encomendamos la oraci?n y el empe?o en favor de la vida naciente. Lo hacemos en la liturgia ?que es el lugar donde vivimos la verdad y donde la verdad vive con nosotros? adorando la divina Eucarist?a, en la que contemplamos el Cuerpo de Cristo, ese Cuerpo que tom? carne de Mar?a por obra del Esp?ritu Santo, y de ella naci? en Bel?n, para nuestra salvaci?n. Ave, verum Corpus, natum de Maria Virgine!


Tags: Navidad, Adviento, Benedicto XVI, Vida, Jesucristo

Publicado por GEGM_81 @ 4:28  | cristianismo
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