Jueves, 09 de julio de 2009

Día de la independencia: Recordamos a Laprida



Mañana conmemoraremos un aniversario más de la Declaración de la Independencia. El Congreso General convocado en Tucumán, en julio de 1816, congregó a los representantes de las Provincias, que por entonces eran las sucesoras de las divisiones administrativas del Virreinato del Río de la Plata que había caído tras la revolución de 1810.

Esos hombres, los primeros patriotas, y fundadores de nuestra Nación, tuvieron en sus manos el primer paso para la organización nacional: la jura de la independencia.

Es así que había que elevar una declaración "formal" por la cual nuestra Nación comunicara al resto de las potencias del mundo su decisión de convertirse en un pueblo libre y soberano. Esa fue la "gran decisión" del 9 de julio de 1816. A partir de allí se iniciaría un largo período de organización nacional, que tuvo, guerra civil mediante, su culminación en 1853 con la Constitución Nacional.

En ese primer momento de organización, nuestros compatriotas, pero los de la "patria chica", tuvieron un rol que no pasó desapercibido.

Cada Provincia envió a sus diputados/delegados/representantes. Según el censo de la población, era el número de ellos. San Juan, voto popular mediante, denominó a sus elegidos: el fray Justo Santa María de Oro y a don Francisco Narciso Laprida.

Éstos cumplieron un gran rol en el Congreso, pero en esta oportunidad vamos a rescatar la figura de Laprida, a quien le tocó, nada más y nada menos, que presidir las sesiones finales, en las que los delegados "juraron" la independencia nacional y suscribieron el Acta de la Independencia.

Es por eso que hemos encontrado dos notas interesantísimas, a la vez que breves y sintéticas, sobre la figura de esta gran prócer local: Don Narciso Laprida.

En conmemoración de este nuevo aniversario de nuestra independencia, camino al Bicentenario 2010-2016 que se viene, dedicamos un espacio a ésta gran hombre, cuya obra y vida es interesantísima e invito a conocer.

Germán Eduardo Grosso


LAPRIDA, ESE ILUSTRE IGNORADO

Es el sanjuanino más mencionado en Internet después de Sarmiento; Borges le dedicó uno de sus mejores poemas, todas las ciudades tienen calles con su nombre. Sin embargo, los historiadores sanjuaninos han dedicado muy poco espacio al coterráneo que presidió el Congreso de Tucumán.

Por Juan Carlos Bataller

Si usted coloca su nombre en los principales buscadores de internet, lo encuentra mencionado miles de veces.

Entre los historiadores mendocino su figura tiene también envergadura, especialmente porque en esa provincia murió.

Es imposible referirse a una de las celebraciones patrias –el 9 de Julio- sin mencionar al hombre que presidió el Congreso de Tucumán, ámbito donde se declaró nuestra independencia.

En todas las ciudades del país, alguna calle recuerda su nombre y hasta hay localidades que lo llevan en puntos de la geografía nacional.

Sin embargo, la figura de Francisco Narciso de Laprida no ha resultado atractiva para los historiadores sanjuaninos.

Pocos y repetidos son los datos que proporcionan los investigadores y en el caso de nuestro máximo historiador, Horacio Videla, hay una disparidad más que manifiesta entre el tratamiento dado a la figura del otro congresal, Fray Justo Santa María de Oro y el dado a Laprida.

En su Historia de San Juan (resumida, de la colección Plus Ultra), Horacio Videla dice en la página 111: “Tres meses después de la elección de Oro y reparando que por su población le correspondían dos representantes, San Juan eligió a su segundo diputado el 12 de septiembre: el doctor Francisco Narciso de Laprida, ciudadano apasionado pero escrupuloso, quién impugnó su propia elección por no haberse convocado a los cuarteles de la campaña, sin que su enfoque jurídico, exacto desde luego, prosperara en razón de las urgencias de la hora”.

A partir de allí el capítulo está referido fundamentalmente a destacar el papel de Fray Justo Santa María de Oro en el Congreso de Tucumán.

Al tratar el tema de la declaración de la independencia en su Historia de San Juan, Héctor Arias y Carmen Peñaloza, dedican también muy pocas líneas al ilustre sanjuanino. En su página 100 dicen: “para el mes de julio fue electo presidente del cuerpo el doctor Francisco Narciso de Laprida y así se llega a la histórica sesión del 9 de julio”.

En general, los historiadores saltan de ese momento –el Congreso de Tucumán- a la muerte del ilustre prócer, ocurrida en 1.829, en la llamada Acción de Pilar, en Mendoza.

Digamos que el presidente de la sesión histórica del Congreso de Tucumán: Francisco Narciso de Laprida nació el 28 de octubre de 1786, en la provincia de San Juan.

Hijo de José Ventura Laprida, comerciante español que llegó de Asturias a estas tierras y de María Ignacia Sánchez de Loria, sanjuanina y proveniente de una familia tradicional, el niño Francisco realizó sus primeras letras en su ciudad natal, pero el pequeño fue llevado a estudiar al Real Colegio de San Carlos, en Buenos Aires. Luego partió hacia Chile en donde la familia Laprida se estableció y continuó sus estudios.

En Chile, Laprida prosiguió con su formación superior en la Universidad de San Felipe en donde se graduó como licenciado y doctor en leyes el 29 de enero de 1810.

Un año después regresó a San Juan donde, en 1812 fue elegido síndico procurador del Cabildo y luego, alcalde de primer voto.

A partir de ese momento, Laprida integró el reducido aunque prestigioso grupo de hombres de leyes que tenía la provincia en aquellos tiempos, junto a José Ignacio De la Roza, Javier Godoy, Posidio Rojo, Juan Crisóstomo Quiroga y Manuel Aberastain.

La primera actuación política de importancia del joven abogado se produce tras la designación del primer eniente gobernador que tuvo la provincia, el porteño Saturnino Sarassa.

Laprida era cabeza visible de un movimiento localista cuya bandera de lucha era lograr una provincia sin procónsules porteños ni dependencia de Córdoba. Finalmente, Sarassa fue desalojado del poder y huyó a Mendoza. Se producía así la primera revolución, algo que sería una constante en la historia sanjuanina.

¿Por qué presidió Laprida

el Congreso de Tucumán?

Cuando el Triunvirato envió una circular a los Cabildos provinciales para que eligieran un representante para el Congreso que se reuniría en Tucumán, San Juan, impulsado por el general San Martín y el gobernador José Ignacio de la Roza, se movilizó en apoyo a la asamblea.

El 13 de junio de 1.815 eligió diputado a Fray Justo Santa María de Oro, prior vitalicio de la Recoleta Dominica de Santiago de Chile, residente en esos tiempos en San Juan, Tres meses más tarde, los sanjuaninos advirtieron que por su población –la provincia tenía en aquellos días 22 mil habitantes- le correspondía un segundo diputado y es así como el 12 de setiembre se elige a Laprida quien impugnó su propia elección por no haberse convocado a los cuarteles de la campaña, lo que no prosperó en virtud de la urgencia por enviar los delegados.

Fray Justo fue el primero en llegar a Tucumán y Laprida uno de los últimos. El Congreso se inauguró el 24 de marzo de 1.916 y cumplió una labor vasta. Casi por unanimidad eligió a Juan Martín de Pueyrredón director supremo de las Provincias Unidas, aprobó un reglamento de trabajo y fue ámbito de discusiones que no vienen al caso en esta nota.

Así se llegó al día 16 de julio en el que un sanjuanino estaba al frente de las deliberaciones en virtud que la presidencia era rotativa. Y fue Laprida quien tuvo el alto honor de preguntar a los asambleístas: “¡Quereis que las provincias de la unión sean una nación libre e independiente de los reyes de España y su metrópoli?”. Tras la respuesta afirmativa se labró el “Acta de la Emancipación”.

De Oro y Laprida no vieron el final del Congreso, disuelto después de la batalla de Cepeda (1 de febrero de 1.820) pues a comienzos de 1.817 regresaron a San Juan.

Laprida tuvo actuación política en la provincia y hasta fue durante algunos meses gobernador.

La muerte en Mendoza

En 1827, Francisco Laprida se estableció en Mendoza con su familia, para defenderse de las persecuciones de Facundo Quiroga que había invadido San Juan.

Una vez que estalló la guerra civil entre federales y unitarios, Laprida se incorporó al bando unitario en el Batallón El Orden, Corría el año 1829, el país se encontraba convulsionado por el enfrentamiento de unitarios y federales.

En abril, el general unitario Paz, derrotó a Bustos en San Roque y en junio le ganó en Córdoba al caudillo federal Quiroga en la batalla de la Tablada. Apoyados por estos triunfos en el interior, el núcleo unitario rechazó el Pacto de Lavalle y Rosas. Esto repercutió directamente en Mendoza.

El 22 de setiembre, federales y unitarios se enfrentaron en un lugar llamado del “Pilar”, muy cerca de la capilla de San Vicente -hoy Godoy Cruz-. Allí entre los unitarios, se encontraba Francisco Laprida y un jovencito llamado Domingo F. Sarmiento.

Los federales de Aldao, atacaron a las huestes del comandante unitario Pedro León Zuluaga. Luego de varias horas de lucha, los federales lograron quebrar la línea y los “azules” se dispersaron dejando en el campo de batalla cientos de muertos y heridos.

En esta inevitable derrota, las tropas retrocedieron y se dispersaron por todo el campo de batalla.

Laprida partió junto a otros unitarios para salvar su vida, perseguidos por una partida del general José Félix Aldao. El tropel de los vencidos fue interceptado muy cerca del lugar en dirección al Sur. Allí, este piquete lo apresó y lo condujo con otros. Al saber que era Laprida, uno de los que comandaba la montonera, lo ejecutó enterrándolo vivo y pasando un tropel de caballos sobre su cabeza, esto era una práctica común en ese entonces. Laprida tenía 43 años.

En los últimos tiempos, algunos historiadores mendocinos han dado otra versión de la muerte de Laprida.

El diario Los Andes de Mendoza, en su edición del 30 de agosto de 2.005, publica una nota que titula “dos versiones sobre la muerte de Francisco Narciso Laprida en Mendoza y firman Carlos y Jorge Campana, donde explican que “Laprida fue muerto y llevado al cabildo (mendocino). Explican los investigadores que “al fallecer, su cuerpo fue enviado al Cabildo en donde el entonces juez del Crimen doctor Gregorio Ortiz, lo identificó y lo puso en un oscuro calabozo”.


DOCTOR FRANCISCO NARCISO LAPRIDA

Presidió el Congreso de Tucumán durante el mes de julio de 1816, cuando el cuerpo declaró la independencia. Pero ese no fue el único mérito de este sanjuanino. En esta página, una semblanza de uno de los próceres de San Juan, escrita por el historiador Juan Rómulo Fernández.

Del campo del Pilar surge una vislumbre cuyas estrías se proyectan hacia todos los rumbos del horizonte. Es la sombra de Laprida, aquel varón estoico que habiendo presidido el Congreso de la Independencia, fue, como en el carro de una gloria sin estrella, a morir oscuramente, abrazado por el primer turbión de la barbarie cegadora —las guerras civiles—, de espaldas al azul y blanco de la bandera nacional.

Los principios morales de sus padres fijaron derrotero a Francisco Narciso Laprida y Sánchez de Loria. La niñez y la juventud a la espartana eran herencia de una raza de hidalgos que tenía sus raíces en la Península del siglo XVIII. Como los jóvenes de su clase, Laprida fue a Chile, una vez cursado el bachillerato en el Colegio San Carlos de Buenos Aires, y allá, en el país hermano, se doctoró en jurisprudencia.

El movimiento emancipador, que se manifestó en Chile en septiembre de 1810 tocó los sentimientos del joven y es así como decidió volver a su patria dispuesto a participar en la contienda que señalaba el dedo en alto del destino. Intervino en la revolución contra el teniente gobernador Saturnino Saraza, primera revolución de una larga serie que ha tenido a la ciudad de San Juan por teatro. Colaboró en la administración de José Ignacio de la Roza, desde 1815. Al ser convocado el país argentino a un Congreso General, a reunirse en San Miguel del Tucumán, Laprida, por el voto del pueblo sanjuanino, fue elegido diputado para completar el binomio que integraba fray Justo Santa María de Oro. La presencia de Laprida en la ciudad norteña, tan blasonada en su sociabilidad, fue recibida con francas muestras de simpatías. El diputado sanjuanino, de hermosa estampa y afable trato, hallóse en ambiente señorial. Por cierto que las tucumanas, mujeres de ojos negros y de carácter dulce como la caña de azúcar, miraban con buenos modos al huésped.

Amigo del general San Martín, el jefe que llegaba sin recelos a las proximidades del Congreso a instar por la pronta declaración de la independencia nacional, Laprida fue un eficaz colaborador y puso parte de sus bienes personales para reforzar la caja del Ejército de Los Andes.

Creóse un estado nacional en torno al espectáculo que en días de julio (1816) ofrecía la sala del Congreso. El más joven de los diputados presidió las sesiones. Era Laprida. Pareció que orlaba su frente un resplandor misterioso. Así fue el momento en que de pie, grave y solemne, tomó el juramento y suscribió, el primero, el Acta de la Independencia.

Cerca hallábase, cual un Domingo de Guzmán en la tribuna sagrada, su compañero de representación por San Juan, seguramente invocando al Ser Supremo, “fuente de toda razón y justicia”.

Posteriormente, y ya el Congreso trasladado a Buenos Aires, el doctor Laprida formó de nuevo parte de la mesa directiva. Se estaban tratando los grandes problemas de la nueva nación.

El motín del regimiento 19 de Cazadores de Los Andes, en San Juan al comenzar el año 20, tomó de sorpresa a Laprida, y, a poco, fue víctima de los desmanes del capitán Mariano Mendizábal, promotor del motín. En 1824 Laprida fue elegido diputado por San Juan al Congreso General Constituyente, realizado en Buenos Aires y el que creó la presidencia de Rivadavia. También Laprida presidió este Congreso, y desde tal cargo contribuyó a la sanción del proyecto del Canal Los Andes, ideado por Rivadavia: canal destinado a unir, por agua, a San Juan, con el río Colorado, y, consiguientemente, con el océano Atlántico.

La entrada de Juan Facundo Quiroga en San Juan obligó a un éxodo, en el cual estuvo Laprida. La noche de brutalidad en el Pilar, Mendoza, en la que los Aldao, borracho el uno, torpe el otro, envolvió en la confusión y en el polvo al varón prominente y esclarecido patriota que fue Laprida. El joven subteniente Domingo Faustino Sarmiento, oyó sus últimas palabras y salvó la vida. Ni siquiera pudo individualizarse el cadáver de la víctima inmolada en semejante calvario.

La vislumbre del Pilar enciende la lámpara votiva que en la Catedral de Buenos Aires señala el sepulcro de San Martín.

El texto que se publica en esta página ha sido extraído del libro “Cuarto Centenario de San Juan 1562-1962” de Editorial Cactus, recopilación histórica y literaria de Josefa E. Jorba. El capítulo que se reproduce en parte, se titula “Siete próceres sanjuaninos” y está firmado por Juan Rómulo Fernández.

fuente: fundacion bataller

 

 


Tags: bicentenario, independencia, argentina, tuccumán, laprida

Publicado por GEGM_81 @ 10:05  | bicentenrario 2010-2016
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