Mi?rcoles, 11 de febrero de 2009

El aborto como m?todo de explotaci?n capitalista

Por Miguel Argaya Roca

"Estamos en realidad ante una objetiva ?conjura contra la vida', que ve implicadas incluso a instituciones internacionales"

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Un estudio de hace unos a?os, realizado por Ermenegildo Spaziante, miembro de la Sociedad Italiana de Bio?tica y publicado por la Universit? Cattolica del Sacro Cuore de Roma, fijaba en 38.896.000 el n?mero anual de abortos en el mundo (casi 110.000 diarios). Ahora estas cifras han aumentado significativamente. Por poco sensibilizado que est? uno hacia el tema, no puede negarse que se trata de un hecho sin igual en la historia de la especie humana y adquiere tintes de genocidio universal.

El meollo de toda la pol?tica antinatalista del mundo desarrollado sobre el subdesarrollado tiene su punto de origen en el problema de la competencia por mano de obra barata y en el fen?meno de la inmigraci?n. Vayamos al segundo: es un hecho que, cada a?o desde hace treinta, un mill?n de inmigrantes del sur se instala en el norte. Lo es tambi?n que el norte no sabe ya c?mo convencer al sur de que la causa de su pobreza es su sobredimensionado crecimiento demogr?fico. Y parece l?gica esta dificultad: ?no es verdad que la densidad de poblaci?n de, por ejemplo, Jap?n (325 habitantes por Km2, y 23.000 d?lares anuales de renta per c?pita), sobrepasa con creces la de la mayor?a de los pa?ses que se consideran "pobres" (como Tanzania, que con 25 habitantes por Km2, s?lo alcanza los 130 d?lares de renta per c?pita)?. Cualquier persona medianamente informada -los pa?ses del Tercer Mundo son pobres, pero no tontos- sabe que una adecuada revoluci?n demogr?fica es un factor esencial para cualquier proceso de promoci?n y expansi?n industrial de primera fase; m?s poblaci?n es tambi?n m?s mano de obra -lo que la hace m?s barata-, y m?s mercado interior, elementos esenciales ambos para consolidar una m?nima infraestructura industrial capaz de abrirse posteriormente a la competencia exterior. Europa, desde luego, tuvo su propia revoluci?n demogr?fica, desde la inglesa, inaugurada a principios del siglo XIX, a la espa?ola, concluida en los a?os sesenta de nuestro siglo. Recordemos c?mo, ya en el siglo XVII y XVIII, nuestros novatores e ilustrados supieron ver en la despoblaci?n que entonces aquejaba a la pen?nsula una de las causas de la decadencia nacional. Pero tambi?n es f?cil colegir -y comprobar hist?ricamente- que los beneficios de una expansi?n demogr?fica concluyen, e incluso comienzan a revertir negativamente, en el momento en que se alcanza un punto de saturaci?n, si ?sta no viene acompa?ada de un cualitativo empuj?n tecnol?gico. Europa solvent? este problema mediante la emigraci?n: chorros de europeos invadieron durante siglo y medio los continentes vecinos (?frica, Am?rica) y no tan vecinos (Ocean?a, Extremo Oriente) hasta descongestionar sus respectivas poblaciones incluso a costa de sustituir a las poblaciones aut?ctonas en sus lugares de destino. En 1895, sir Cecil Rhodes afirmaba en el Parlamento brit?nico que "para salvar los 40 millones del Reino Unido de una guerra civil funesta, nosotros, los pol?ticos coloniales, hemos de tomar posesi?n de nuevos territorios para colocar en ellos el exceso de poblaci?n, para encontrar nuevos mercados en los que vender los productos de nuestras f?bricas y de nuestras minas". A la vista de esto, podemos decir, sin temor a equivocarnos, que una parte del Tercer Mundo pag? con la extinci?n el progreso del hombre blanco. Pues bien: el mundo en v?as de desarrollo lleva veinte a?os necesitando del mismo modo, y con la misma urgencia, una descongesti?n demogr?fica que le arranque de la miseria y le aparte del peligro -ya peligrosamente constatable- de la guerra civil. El problema est? en que, en ese camino, no ha hecho m?s que tropezar con el primer mundo, que s?lo le ofrece parches, pero no soluciones efectivas. En la Conferencia de la Poblaci?n de El Cairo, de 1994, por ejemplo, los pa?ses desarrollados se negaron repetidamente a ampliar sus cuotas de inmigraci?n y a abrir las barreras aduaneras a la importaci?n de productos del sur, tal como ped?an los pa?ses pobres. En cambio, s? que supieron ofrecer notabil?simas ayudas encaminadas a la "planificaci?n familiar" y, muy especialmente, al aborto. Resulta bien significativo que el presidente Billy Clinton, que no ha tenido empacho en negar al aborto, en su propio pa?s, la cualificaci?n de "m?todo de planificaci?n familiar", impidiendo as? que sea subvencionado con fondos federales, lo proponga en cambio como tal para el Tercer Mundo. Ya en la Conferencia de Poblaci?n de M?jico (1984) el mundo rico intent? incluir el aborto en los pa?ses en desarrollo como "m?todo de planificaci?n familiar", siendo rechazada la propuesta. En la de El Cairo se insistir?a en las mismas pretensiones, fijando incluso un l?mite para la poblaci?n del planeta, en 7.270 millones. El promotor de esta "luminosa" idea no es otro que el "Fondo para la Poblaci?n de la Naciones Unidas", fundaci?n creada a iniciativa de los Estados Unidos para camuflar sus intereses en las campa?as contra la natalidad para el Tercer Mundo.

No es, como digo, demagogia mencionar los intereses que el gigante capitalista tiene a la hora de frenar la expansi?n demogr?fica de los pa?ses en desarrollo: el mismo Juan Pablo II as? lo afirm? en su rotunda y reveladora enc?clica Evangelium Vitae, del a?o 1995, cuando dec?a que "estamos en realidad ante una objetiva ?conjura contra la vida', que ve implicadas incluso a instituciones internacionales". Como muestra, un bot?n: el 16 de marzo de 1994, poco antes de la Conferencia de El Cairo, el departamento de Estado norteamericano orden? a sus embajadas que insistieran a sus gobiernos anfitriones en que los Estados Unidos consideraban el acceso al aborto voluntario un derecho fundamental de todas las mujeres, y, a comienzos del segundo mandato de Clinton, en febrero de 1997, el Congreso de los Estados Unidos aprob? una ley presupuestaria de 385 millones de d?lares (53.900 millones de pesetas) destinados a la planificaci?n familiar y al aborto en el Tercer Mundo. Simult?neamente, era rechazada una moci?n del congresista pro-vida Chris Smith que, aludiendo a lo que llam? "imperialismo demogr?fico", ofrec?a aumentar la partida hasta 713 millones siempre que del programa antinatalista fuera expl?citamente excluido el fomento del aborto. Obviamente, las intenciones del presidente Clinton y de sus compa?eros de viaje no pasaban por esa exclusi?n. La raz?n la dio expl?citamente la entonces nueva secretaria de Estado, Madeleine Albrigth, alegando que el control de nacimientos en el Tercer Mundo es pieza fundamental de su pol?tica de promoci?n de los intereses norteamericanos. Algunos otros congresistas supieron ser algo m?s expl?citos y aludieron a necesidad de reducir la competencia por mano de obra barata en el mercado internacional (ABC, 16-2-97). Pero no se crea que este planteamiento estrat?gico-defensivo proviene de estos ?ltimos a?os, o est? ?nicamente representado por Clinton; tiene su origen, m?s bien, en el famoso "Documento 2000" del Consejo de Seguridad Nacional de Estados Unidos, aprobado el 10 de diciembre de 1974 por el presidente Gerald Ford, documento, como es obvio a tenor de la dureza de su contenido, originariamente secreto, y sin embargo desvelado en 1990 gracias a las presiones de algunos historiadores que supieron invocar con ?xito las leyes de secretos oficiales. El documento, textualmente, afirma en algunos de sus apartados:

Punto 19: Los actuales factores de poblaci?n en los pa?ses menos desarrollados suponen un riesgo pol?tico e incluso problemas de seguridad nacional para los Estados Unidos".

Punto 30: Los pa?ses con inter?s pol?tico y estrat?gico especial para los Estados Unidos son India, Bangla Desh, Pakist?n, Nigeria, M?xico, Indonesia, Brasil, Filipinas, Tailandia, Egipto, Turqu?a, Etiop?a y Colombia (...) El presidente y el secretario de Estado deben tratar espec?ficamente del control de la poblaci?n mundial como un asunto de la m?xima importancia en sus contactos regulares con jefes de otros gobiernos, particularmente de pa?ses en desarrollo".

Punto 33: Debemos tener cuidado de que nuestras actividades no den a los pa?ses en desarrollo la apariencia de pol?ticas de un pa?s industrializado contra pa?ses en desarrollo. Hay que asegurar su apoyo en este terreno. Los l?deres del Tercer Mundo deben figurar a la cabeza y recibir el aplauso por los programas eficaces".

Punto 34: Para tranquilizar a otros respecto de nuestras intenciones, debemos hacer ?nfasis en el derecho de los individuos y las parejas a decidir libre y responsablemente el n?mero y el espaciamiento de sus hijos, el derecho a recibir la informaci?n, educaci?n y nuestro continuo inter?s en mejorar el bienestar de todo el mundo. Debemos utilizar la autoridad del Plan Mundial de Poblaci?n de las Naciones Unidas".

No sabemos si tendr? que ver con aquellas ?reas de inter?s estrat?gico el hecho de que la primera conferencia de poblaci?n se celebrase en M?jico, y la segunda en Egipto. Pero s? podemos constatar que el Fondo para la Poblaci?n de las Naciones Unidas es una de las pocas oficinas de la O.N.U. que ve crecer sus presupuestos cada a?o, financiados en un 50 % por los Estados Unidos, y el resto por otros pa?ses del Primer Mundo. En 1994, por ejemplo, contaba con 246 millones de d?lares, m?s otros 1.000 millones en programas destinados expresamente a frenar la natalidad de los pa?ses pobres. Sus actividades se centran en la esterilizaci?n, anticoncepci?n y aborto en el mundo en desarrollo. Con todo, su m?s rutilante actuaci?n en los ?ltimos tiempos, ha sido la convocatoria de la pol?mica Conferencia de El Cairo, encaminada en un primer momento a conseguir que los pa?ses destinatarios de los programas antinatalistas contribuyesen econ?micamente al sostenimiento de ?stos.

Claro, que no es el Fondo de Poblaci?n la ?nica instituci?n con que juegan los intereses estrat?gicos de los Estados Unidos: una gran parte de los 385 millones de d?lares (al cambio, muchos millones de pesetas) que el Congreso norteamericano dedic? en febrero del 97 a la planificaci?n familiar en el Tercer Mundo, habr?an de ser encauzados a trav?s de la International Planet Parenthood Federation (I.P.P.F.), una multinacional del aborto fundada a principios de este siglo en Estados Unidos (Brooklin, 1916) por Margaret Sanger a partir de una cl?nica abortiva. La I.P.P.F., por otro lado, tuvo mucho que ver con la redacci?n del documento propuesto -y afortunadamente rechazado- en El Cairo: el 31 de marzo de 1994, por ejemplo, I.P.P.F. se jactaba p?blicamente de que su presidente, Fred Sai, lo era a su vez de la tercera conferencia preparatoria, y de que la delegada de la organizaci?n abortista para el hemisferio occidental, Billie Miller, presid?a el grupo de O.N.Gs y el comit? de planificaci?n. No dec?a, aunque era de dominio p?blico, que Nafis Sadik, directora por entonces del Fondo para la Poblaci?n de las Naciones Unidas, hab?a trabajado con anterioridad para la I.P.P.F., lo mismo que el secretario de Estado adjunto para Cuestiones Globales de los Estados Unidos, antiguo director de la I.P.P.F. en Denver. Junto a esa verdadera "multinacional de la muerte", hay que citar tambi?n la Fundaci?n Ford, la Fundaci?n Rockefeller, el Alan Guttmacher Institute, que depende del I.P.P.F., o el Population Council, financiado por el gobierno norteamericano. Pero quiz? el m?s importante instrumento de presi?n del "lobby" antinatalista sea el Banco Mundial, con su pol?tica dirigida a condicionar los cr?ditos a los pa?ses pobres al grado de cumplimiento de las directrices marcadas por el Fondo para la Poblaci?n de las Naciones Unidas. Recordemos que la deuda externa es uno de los m?s dolorosos c?nceres del Tercer Mundo. Mozambique, por ejemplo, tuvo que desembolsar en 1996, por este concepto, el doble de lo que dedic? a educaci?n y salud. Y no caigamos en la trampa -claramente racista- de culpar del desastre a una nunca demostrada "incapacidad" de esos pa?ses para valerse por s? solos o para escapar de la corrupci?n pol?tica. Tengamos en cuenta que durante los a?os ochenta, seg?n el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo, los tipos de inter?s para los pa?ses pobres fueron en conjunto cuatro veces m?s elevados que para los pa?ses ricos. Del mismo modo, conviene no olvidar que el problema de la deuda externa tiene or?genes relativamente cercanos, pues se remonta a la crisis del petr?leo de 1973. En esas fechas, los grandes bancos mundiales vieron crecer sus fondos por las imposiciones provenientes de los pa?ses de la O.P.E.P., que hab?an acrecentado sobremanera sus ingresos despu?s de cuadruplicar el precio del petr?leo, y se lanzaron desaforadamente a una arriesgada pol?tica de pr?stamos sobre los pa?ses en desarrollo. Como es natural, ?stos recibieron ?vidos esta inopinada lluvia de millones que, en muchos casos, no fueron a parar al objetivo para el que hab?an sido solicitado. Por otra parte, y al mismo tiempo, el aumento del precio del crudo provocaba en el mundo industrializado un galopante proceso inflacionario de dif?cil soluci?n sino con medidas radicales. En 1979, el gigante norteamericano se ver?a obligado a un duro ajuste monetario, que fue inmediatamente seguido por todos los otros pa?ses del bloque industrializado. La consecuencia para el Tercer Mundo, que viv?a de sus exportaciones, no se hizo esperar: en breve plazo, aquellos pa?ses que hab?an contra?do deudas a tipos de inter?s variable -que eran, l?gicamente, casi todos- vieron c?mo los intereses de sus pr?stamos se multiplicaban. Las m?s de las veces la deuda se convert?a en un peso insalvable: los pagos anuales, efectuados con notables sacrificios por los deudores, no alcanzaban a cubrir ni siquiera el montante de los intereses. En 1996, por ejemplo, la deuda externa acumulada por Zambia duplicaba su P.N.B. Ese mismo a?o, el mundo en desarrollo deb?a al primer mundo globalmente el doble que diez a?os antes, s?lo en calidad de acumulaci?n de intereses impagados.

As? las cosas, no es posible ignorar el funcionamiento interno por el que se rige la actividad del anteriormente mencionado Banco Mundial. Nacido, como el Fondo Monetario Internacional (F.M.I.), en julio de 1944 en Bretton Woods (EE.UU.), represent? en su momento el deseo de dise?ar las directrices econ?micas de un mundo que ya preve?a la victoria en la Segunda Guerra Mundial, y anhelaba extender y globalizar su capitalismo a escala planetaria. No cabe duda de que sus objetivos est?n cerca de cumplirse, si es que no lo han hecho ya. A finales de 1991 la revista The Economist y el New York Times sacaron a la luz un memor?ndum interno del Banco Mundial seg?n el cual esta instituci?n deb?a estimular la instalaci?n en el Tercer Mundo de las industrias m?s sucias, por varias razones: la misma l?gica econ?mica, que invita a alejar de la propia casa los residuos, los bajos niveles de contaminaci?n de esos pa?ses, a causa de su menor densidad de poblaci?n, y la escasa incidencia del c?ncer sobre grupos de gente cuya esperanza de vida es de por s? peque?a. ?Puede extra?ar a alguien, pues, que el primer mundo necesite perpetuar el d?ficit poblacional del mundo en desarrollo? Es preciso se?alar que, en las decisiones del F.M.I., los Estados Unidos cuentan con un 17'80 % de los votos, y el mundo desarrollado en conjunto (unos quince pa?ses, de un total de poco m?s de ciento setenta y cinco), el 55 %. El porcentaje, por supuesto en un sistema cuya base es el dinero, viene determinado por las aportaciones econ?micas al Fondo, lo que deja fuera de juego a los pa?ses menos desarrollados. Por ejemplo, el grupo formado por Argentina, Chile, Bolivia, Paraguay, Per? y Uruguay no suma m?s del 2'15 % de los votos.

El dem?grafo Karl Zinsmeister ya demostr? en 1994, en sendos art?culos publicados por las revistas norteamericanas The National Interest y Population Research Institute Review, que el problema demogr?fico no existe en cuanto tal, sino como consecuencia de una injusta distribuci?n de la riqueza. La misma Divisi?n de la Poblaci?n de la Naciones Unidas, organismo estad?stico sin capacidad ejecutiva y por ello, hasta la fecha, libre de la infiltraci?n estrat?gica de los pa?ses ricos, asegur? en 1994, en su documento anual "Perspectivas de la poblaci?n mundial", que el famoso "peligro demogr?fico" es cada vez menor, y que, por encima de pesimismos m?s o menos interesados, el crecimiento demogr?fico del planeta se est? estabilizando. En 1960, la previsi?n mundial de poblaci?n para el a?o 2000, era de casi 10.000 millones; a pocos meses del nuevo milenio, hay que revisar esa cifra notablemente a la baja. Y la raz?n, desde luego, no es la actividad antinatalista del F.P.N.U., sino la misma l?gica demogr?fica, que determina que, a mayor nivel de vida, se corresponde un descenso en la cantidad del n?mero de hijos por pareja. Por otro lado, no conviene magnificar desmesuradamente la triste situaci?n econ?mica del mundo. Hace s?lo treinta a?os, el 80 % de la poblaci?n de los pa?ses en v?as de desarrollo viv?an bajo el triste umbral de las 2.000 calor?as per c?pita, y en esos mismos pa?ses s?lo un 2 % superaba las 2.700. Hoy no llega al 8'5 % la cantidad de poblaci?n en v?as de desarrollo que no alcanza el umbral m?nimo, y supera el 15 % la que sobrepasa el de las 2.700 calor?as. En este tiempo, y mientras la poblaci?n mundial se duplicaba, el suministro medio de calor?as per c?pita del planeta pasaba de 1.950 a 2.475. En la actualidad existe, por ejemplo, un 60 % m?s de cereales disponibles por persona que en 1960. La F.A.O., en 1994, determin? que, de 1950 hasta ese a?o, la producci?n mundial de cereales se hab?a multiplicado por tres, mientras la poblaci?n s?lo se hab?a duplicado. Y, en 1996, durante la Cumbre Mundial sobre la Alimentaci?n, este organismo internacional revel? que desde 1970 en los 55 pa?ses m?s pobres de la tierra la esperanza de vida se hab?a disparado. En Tanzania, por ejemplo, ha pasado de los 41 a los 52 a?os; en Etiop?a, de los 37 a los 47, y en Sud?n, de los 40 a los 53. El catastrofismo, en todo caso, no es de hoy: ya en el siglo II despu?s de Cristo, Tertuliano se quejaba de que el mundo no pod?a soportar m?s carga demogr?fica. De entonces ahora, algo ha llovido, y algo hemos avanzado. La realidad hist?rica demuestra que la capacidad de la t?cnica humana permite ampliar el ec?mene hasta l?mites insospechados. Roger Revelle, que fue director del Harvard Center for Population Studies, ha llegado a afirmar que las capacidades tecnol?gicas actuales, bien aplicadas, permitir?an alimentar a 40.000 millones de personas en el mundo. Un buen ejemplo de esto es lo que se llam? la "revoluci?n verde", llevada a cabo por el doctor M.S. Swaminathan en la India a partir de un arroz de laboratorio, el I.R. 36, capaz de un r?pido crecimiento y de una fuerte resistencia a las plagas y enfermedades, que permiti? al pa?s asi?tico, entre 1967 y 1987, multiplicar su producci?n de cereal por habitante en un per?odo en que su poblaci?n hab?a crecido en 100 millones, e incluso acumular un stock de 50 millones de toneladas y convertirse, desde 1980, en pa?s exportador. Por otra parte, la superficie cultivada es susceptible de aumentar: en China, por ejemplo, donde la pol?tica antinatalista se ha ejercido de la forma m?s brutal y donde su fracaso ha sido m?s evidente, la superficie apta para el cultivo de secano y no utilizada es de 2.500 millones de hect?reas, tres veces m?s que la que se dedica a la explotaci?n. Lo mismo ocurre con el problema de la desertizaci?n. La F.A.O. ha prevenido frecuentemente contra la poca credibilidad de los mecanismos que se utilizan para evaluar la irrecuperabilidad de las tierras, y hay casos que desmienten muchas de estas clasificaciones, como el programa agr?cola que devolvi? la fertilidad a algunas zonas de Kenia, y que logr? demostrar que una tierra clasificada como no restaurable puede dejar de serlo con s?lo aplicar en ella la tecnolog?a y los incentivos adecuados. Para qu? hablar de las experiencias israel?es.

El problema, en cualquier caso, no es demogr?fico, sino de reparto. Aunque los pa?ses pobres son cada d?a, en efecto, menos pobres, los ricos son m?s ricos, de modo que las diferencias se acrecientan. En el a?o 1800, el P.N.B. por habitante era de 200 d?lares entre los pa?ses del norte, y de 206 en los del sur. En 1900, ya el norte dispone de 528 d?lares de P.N.B. por habitante, y el sur s?lo de 179. A la altura de 1987, la diferencia es escandalosa: el norte disfruta de un P.N.B. medio por habitante de 14.430 d?lares, y el sur s?lo de 700. No cabe la menor duda de que, objetivamente, el sur ha mejorado en este tiempo; pero la pobreza es tanto m?s evidente, y se hace m?s injusta, cuando se la coteja con el lujo. Baste se?alar que los Estados Unidos, por s? solos, podr?an alimentar adecuadamente a los 6.000 millones de habitantes que viven hoy sobre la Tierra (un solo ni?o norteamericano consume anualmente lo que 422 et?opes), y que s?lo poniendo en juego un 10 % de los stocks del mundo desarrollado, podr?a acabarse con los problemas de malnutrici?n del Tercer Mundo. Cada occidental consume y, en consecuencia, ensucia cuatro veces m?s que cada habitante del Tercer Mundo. Es significativo que la riqueza de 225 personas en el mundo equivalga a la de la mitad de la Humanidad, y que las tres personas m?s ricas del mundo (entre ellas Bill Gates) superen en conjunto el presupuesto de los 48 pa?ses m?s pobres, seg?n denunci? en septiembre de 1998 el director regional del Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo de Am?rica Latina y el Caribe, Alfonso Zumbado, en su Informe Anual de Desarrollo Humano. Mientras un 20 % de la poblaci?n del Planeta vive a?n por debajo de lo que se considera el umbral de la pobreza, el mundo rico se gasta anualmente en el cuidado y manutenci?n de sus animales dom?sticos un montante de 17.000 millones de d?lares, m?s otros 12.000 en perfumes y cosm?ticos. Claro que estas cifras cobran su verdadera dimensi?n cuando se sabe que ser?an suficientes 13.000 millones de d?lares para lograr que todos los seres humanos tuvieran acceso a unos m?nimos servicios de salud. Baste conocer, en suma, que el 40 % de la humanidad ha de valerse con tan s?lo el 3'3 % de los recursos, mientras el 20 % del planeta consume el 82'7 % y, lo que es m?s escandaloso, produce simult?neamente el 80 % de la contaminaci?n. A este respecto, no deja de resultar curioso que sean precisamente los pa?ses industrializados -es decir: aqu?llos que contaminan en mayor medida- quienes abanderen el movimiento de la ecolog?a como dogma ?tico de la globalidad mundialista, conminando a los pa?ses del Tercer Mundo a conservar v?rgenes sus bosques y selvas (los "pulmones del planeta") aunque ello les suponga a medio plazo el estancamiento econ?mico. Curioso -y hasta c?nico-, cuando comprobamos, como ha sucedido hace poco en la cumbre de Kioto, que el llamado "primer mundo" no est? dispuesto a reducir su carrera hacia la opulencia ni siquiera ante la posibilidad m?s que probable de dejar la biosfera hecha unos zorros. Sin duda, es m?s f?cil pedir al mendigo que limpie el basurero global mientras nosotros lo llenamos; en suma: que siga siendo pobre, para que podamos nosotros seguir siendo ricos. No podemos evadirnos de nuestra responsabilidad; y n?tese que al utilizar la primera persona del plural incluyo en ese cap?tulo tambi?n a Espa?a, como parte del mundo rico. Debemos ser conscientes de que una parte -no me atrevo a asegurar que peque?a- de nuestra riqueza es espuria, sustra?da al esfuerzo universal de la Humanidad gracias a una privilegiada -y no siempre honestamente conquistada- posici?n en la parrilla de salida.

Est? claro que la soluci?n no puede pasar por pedir a los pa?ses pobres que lo sigan siendo y abandonen sus expectativas de industrializarse, mientras el mundo "rico" contin?a contaminando y disfrutando de los mismos niveles de producci?n y consumo que hasta ahora. La ?nica soluci?n ha de ser, fundamentalmente, asumir la interdependencia como un reto de futuro y como un compromiso moral, y no s?lo como paisaje-escenario para el enriquecimiento r?pido y para la explotaci?n. El mundialismo econ?mico, si ha de serlo, tendr? que reportar a sus protagonistas no s?lo beneficios, sino tambi?n responsabilidades. Para ello, se har?a preciso que los pa?ses ricos asumieran su parte al?cuota de sacrificio sin reservas. Y ello, no s?lo por un elemental deber de justicia (se calcula que por cada d?lar que el mundo desarrollado invierte en el Tercer Mundo, recupera cuatro), sino tambi?n -para el caso en que lo anterior no fuera suficiente-, que tendr?a que serlo- como ?nico modo verdaderamente eficaz de evitar el previsible big bang migratorio que se avecina y ya se apunta. El camino para ello, aunque suene a parad?jico, pasa por la eliminaci?n, o en su defecto por la ampliaci?n, de las cuotas de inmigraci?n en los pa?ses ricos y la desaparici?n de sus barreras aduaneras proteccionistas a las importaciones provenientes del mundo en v?as de desarrollo. Sin olvidar la urgente condonaci?n de al menos una parte de su deuda externa. Con ello, sin duda, se conseguir?a a medio plazo una m?nima descongesti?n demogr?fica y econ?mica en esos lugares y, en un per?odo m?s largo, seguramente una tendencia a un cierto grado de igualaci?n en el nivel de vida de todos los habitantes del Planeta. A cambio, el primer mundo ganar?a algunos siglos de paz. Claro, que tales medidas supondr?an algunos notables sacrificios, tales como la inmediata ca?da de los salarios y la reducci?n en gran medida del bienestar individual y social, con la consiguiente p?rdida de votos y de influencia de partidos pol?ticos y sindicatos, cosa que, por otra parte, se me aparece precisamente como una de las causas de que sea hoy por hoy tan dif?cil poner en marcha un verdadero programa de estabilizaci?n econ?mica mundial. Aunque hay otras, mucho m?s importantes y decisivas, y menos explicitables: el primer mundo, convencido en gran medida de su superioridad biol?gica como WASP (White, anglo-saxon and protestant), ha ido viendo c?mo, en las ?ltimas d?cadas, perd?a puntos porcentuales en los patrones demogr?ficos (mientras el total de los pa?ses "ricos" crec?a, entre 1950 y 1990, de 832 millones a 1.207, los pa?ses "pobres" lo hac?an de 1.684 a 4.086), lo que ofrece al Tercer Mundo unas posibilidades de futuro hasta ahora dif?cilmente alcanzables en el marco geopol?tico. Es evidente que el siglo XXI no es, sin duda, el de la raza blanca: si en la O.N.U. los distintos pa?ses estuvieran representados democr?ticamente en funci?n de su n?mero de habitantes, los Estados Unidos contar?an con cinco veces menos votos que la India, y con seis veces menos que China. Un hipot?tico -pero no imposible- cambio de reglas del juego pol?tico internacional supondr?a, pues, una verdadera revoluci?n copernicana en el escenario geo-estrat?gico. Lo cierto es que el mundo "rico" anhela mantener su status y su ritmo de vida sin perder, adem?s, la hegemon?a pol?tica. Por eso necesita detener con urgencia el crecimiento demogr?fico de los pa?ses en v?as de desarrollo, y, para ello, trata de convencer a ?ste de que su pobreza se debe a su exceso de poblaci?n, mientras restringe las cuotas de inmigraci?n y fortifica su proteccionismo. Es significativo, en este sentido, el formidable atasco en que los intereses ego?stas de las superpotencias econ?micas tuvieron sumida a la llamada "Ronda de Uruguay", desde 1986 y durante casi diez a?os, hasta la firma del G.A.T.T. Los pa?ses en desarrollo, por el contrario, alegan que su pobreza se debe a la carencia de medios para mejorar su productividad, y que tal carencia se hace insalvable ante su continua discriminaci?n en los intercambios internacionales y las barreras aduaneras a sus productos en los pa?ses ricos. Se?alemos al respecto que el precio de las materias primas -principal fuente de ingresos del Tercer Mundo- sigue una carrera "convenientemente" descendente en el mercado mundial, lo que resta a los pa?ses en v?as de desarrollo la capacidad efectiva de acumular divisas. Crece as? el d?ficit de su balanza de pagos corriente, que en 1991 era de 100.000 millones de d?lares, y, con ?l, su deuda externa, arma fundamental que el mundo "rico" utiliza para su pol?tica antinatalista. Lo que los pa?ses "pobres" piden no es otra cosa que juego limpio en las relaciones econ?micas internacionales. Y tambi?n que el Banco Mundial y el FMI dejen de condicionar sus cr?ditos al cumplimiento de los programas demogr?ficos del F.P.N.U. En lugar de eso, se les fuerza a un dur?simo -yo dir?a que inhumano- cors? demogr?fico, mientras se palian sus hambrunas y sus crisis con bondadosos env?os de ayuda humanitaria, ciertamente ?tiles en primera instancia frente a la urgencia de la muerte, pero que, al final, s?lo sirven para que los beneficiarios se acostumbren a depender del exterior y pierdan el inter?s por su propia producci?n, sometida a una competencia desleal desde el punto y hora en que el suministro humanitario es de car?cter gratuito. Lo que los pa?ses en desarrollo necesitan no es tanto una ayuda permanente, y menos a?n una grosera e interesada presi?n sobre sus h?bitos demogr?ficos, sino tecnolog?a y comercio, y sobre todo una v?lvula de escape para sus excedentes de poblaci?n. Con raz?n, los pa?ses suramericanos supieron responder en El Cairo a las pretensiones de Estados Unidos, el Banco Mundial y el F.P.N.U., afirmando que el alarmismo apocal?ptico de los pa?ses ricos s?lo responde a una concepci?n pesimista -y seguramente protestante- de la existencia, que no acaba de comprender que el ser humano no s?lo dispone de una boca para comer, sino de una mente para pensar y de unos brazos para trabajar. Yo a?adir?a que responde tambi?n a una inconfesada falta de fe en la capacidad de la civilizaci?n occidental para absorber, y occidentalizar tambi?n, los aportes culturales que recibe y que espera recibir. Claro que una sociedad que no conf?a en la capacidad de su propio bagaje espiritual para atraer y convencer al reci?n llegado, no merece sino desaparecer. Los espa?oles, y los mediterr?neos en general, que sabemos algo de mestizaje biol?gico y cultural porque hemos sabido enriquecernos con ?l y tambi?n exportarlo a lo largo de la Historia, deber?amos ser un buen referente para atender a las nuevas necesidades a que obliga el fen?meno de la inmigraci?n. M?s a?n: tendremos que serlo, de grado o por fuerza, pues nadie puede poner vallas al campo, y seguramente sea imposible frenar el curso natural de las pateras. Aprendamos, pues, a manifestar sobre el reci?n llegado aquel proverbial sentido hisp?nico de la hospitalidad, y reforcemos, a la vez, los pilares sobre los que se asienta nuestra civilizaci?n, no s?lo para no perderla en el marasmo ?tnico que se nos viene encima, sino porque seguramente descansen precisamente ah? los los mecanismos del m?s hondo, eficaz e indoloro mestizaje. Por m?s que el ario se empe?e en ignorarlo.

Publicado en Revista Arbil N? 49


fuente: http://www.notivida.org.ar/


Por ello, debe evitar acometerse con puntos de vista estrechos y reduccionistas, que dejen el tema envuelto en brumas parciales. Y es que el problema del aborto en el mundo, por m?s que as? se nos presente por quienes lo defienden, excede con mucho el problema de la liberaci?n de la mujer: los fetos desechados pertenecen a ambos sexos -m?s a?n, suele tenderse, al menos en el tercer mundo, a que pertenezcan mayoritariamente al g?nero femenino-; como tampoco cabe, en sana l?gica, situar una matanza de esta magnitud en el terreno de la revoluci?n sexual, que se nos aparecer?a como desproporcionadamente cara por grandes que pudieran ser sus beneficios presentes y futuros. Por eso, consciente de la dificultad de ligar el tema a una din?mica puramente ideol?gica, todo el orquestado discurso proabortista ha tendido a presentar el tema desde una ?ptica individual y hasta casu?stica, buscando propiciar en el ciudadano la sensaci?n de que se trata de un "problema de conciencia" en el que no tiene arte ni parte nadie sino la mujer afectada. No es as?, sin embargo; y no hablo aqu? de entrar en pol?mica sobre si el feto es ya un ser humano o no lo es; ni si el var?n tiene derecho alguno a intervenir; ni si lo tiene la Iglesia, o la sociedad. El aborto, a nivel mundial, es, por encima de todo, un acto de imperialismo brutal a cuenta de los pa?ses ricos sobre los pobres. Y esto, que puede sonar a demag?gico, no lo es en absoluto.


Tags: aborto, capitalismo, natalidad

Publicado por GEGM_81 @ 19:58  | familia y vida
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