Jueves, 03 de abril de 2008

La democracia: ¿una condena a la tiranía? (I parte)

Tras los pensamientos de Platón, una reflexión de nuestra democracia.

Por Germán Grosso Molina

Introducción

Finalizado el 2007, luego se haber recibido la bendición de poder comenzar a desempeñarme como docente universitario en la cátedra de Ética General y Jurídica en la carrera de derecho en la Universidad Católica de Cuyo, tuve la posibilidad de preparar una disertación en el marco de una serie de “ateneos” que preparó la cátedra en los que se trataron diferentes temas. El tema que elegí, el que me apasiona, y que seriamente voy definiendo como mi verdadera “causa” de lucha en mi paso por ésta vida, fue la democracia.

En ese momento decidí tratar el tema analizando el concepto desde los aspectos político, jurídico, cultural y ético. Todo giraba (y quienes tengan la posibilidad de leer tal trabajo lo podrán comprobar) en base a lo siguiente: es necesario primeramente tener en claro que la democracia es una forma de organización política de la sociedad en el cual se procura que sea el pueblo quien se gobierna asimismo. Para ello es necesario un ordenamiento jurídico que permita hacer efectiva tal forma de organización social. Sin embargo es necesario que la misma tenga verdadero reflejo en el comportamiento general de la sociedad en su conjunto, adoptando una “cultura” democrática. Ese reflejo se puede producir por diferentes razones, ya sea en forma espontánea, ya sea por concientización de cada uno de los sujetos que componen el conjunto de su necesidad, o quizá por la coacción que ejerce sobre cada uno la fuerza del derecho a través de la autoridad del estado. Sin embargo, el objetivo final de tal análisis fue encontrar el fundamento ético y moral del cual surge el deber de todo hombre de vivir la democracia en forma activa, como una forma práctica de hacer posible la convivencia social, alcanzar el bien común, y realizar la justicia en la sociedad. De ésta forma se resume brevemente dicho trabajo, al cual remito, con grandes esperanzas de que el mismo sea publicado en el tiempo más breve posible.

Como la presente opinión pretende ser una exposición de tipo informal, aunque no por ello menos precisa en cuanto a conceptos, es que pretendo compartir con ustedes los planteos que se me vienen presentando constantemente.

He aprovechado éstas vacaciones para poder descansar de un año realmente agotador (es difícil llegar a ser esposo, abogado, padre, docente, y “ciudadano”, y todo junto ¡¡¡ en un mismo año!!!), y he tenido la oportunidad de leer algunos autores, clásicos filósofos, los que tienen la gran particularidad (no por nada son considerados “grandes pensadores”) de resumir en sus obras sus concepciones de la realidad, las cuales al compararlas con la nuestra, pese a las diferencias de “siglos” de por medio, resulta realmente sorprendente como uno puede identificarse con sus análisis, y observar como el hombre, pese a su evolución, sigue siendo prácticamente el mismo, ubicado en el momento histórico y el lugar del globo que fuere. Entre ellos, el que más nos interesa respecto al tema en cuestión es Platón y su obra “la República”.

Para hacer algún repaso breve (para no aburrirnos, jeje…), recordaremos dentro de las definiciones de democracia, las siguientes: el término democracia, proviene del griego, demos, 'pueblo' y kratein, 'gobernar', y se puede definir como la forma de gobierno por el que el pueblo de un Estado ejerce su soberanía mediante cualquier sistema de gobierno que haya decidido establecer[1].

También ha sido definida como “el gobierno del pueblo por sí mismo o gobierno de todos”, “soberanía del pueblo o de la nación”, o como “representación política, gobierno del pueblo por medio de sus representantes[2].

Uno de los conceptos más interesantes es el que considera a la democracia como una verdadera forma de vida, citamos a Bidart Campos, para quien, “es una forma de estado que orientada al bien común respeta los derechos de la persona humana, de las personas morales e instituciones y realiza la convivencia pacífica de todos en libertad, dentro del derecho divino y del derecho natural”[3]. Siguiendo a Maritain, decimos que  El estado democrático puede conciliar verdad y libertad, superando así el absolutismo de un estado totalitario, que quiere imponer una verdad de estado, y el relativismo de un estrado liberal, que niega la verdad[4].

¿Por qué la democracia no funciona?

Ésta es la pregunta que cualquiera de nosotros se plantea continuamente cada vez que vemos las injusticias que se producen día a día en nuestros países, los cuales han adoptado la democracia como forma de organización.

Es que partimos de un principio básico y natural: cualquier forma de organización social debe estar orientada a realizar la justicia, esa es su finalidad. No hay convivencia social posible sin justicia, y sin ésta, no hay paz. La paz es el presupuesto de la felicidad. Aclaro que a la justicia, en éste punto, la entendemos como valor, para no confundirla con la justicia como virtud, ni con el término justicia cuando es utilizado para hacer referencia al poder del estado encargado de impartirla, el que sería el poder judicial.

Cuando vemos delincuentes que vagan impunes en la ciudad mientras ciudadanos responsables y trabajadores se ven desprotegidos ante ellos, cuando vemos miseria en países como el nuestro, llenos de riqueza natural, cuando vemos cómo funcionarios públicos llenan sus bolsillos a costa del sufrimiento y la postergación de la sociedad, es cuando inmediatamente viene la pregunta ¿sirve la democracia?

La respuesta no es nada sencilla (¡sorpresa!), pero tenemos que encontrar la razón o la causa en algún lado. La pregunta podría ser en realidad ¿Alcanza la democracia su finalidad? Para lo cuál la pregunta inmediata debería ser ¿cuál es la finalidad de la democracia?

Creo haberla encontrado. Precisamente es Platón quien, al plantearse cual sería la mejor forma de gobierno para su “república” (un estado ideal en el cual la sociedad es organizada de forma tal que alcanza su finalidad, la justicia y la felicidad), comienza a analizar cada una de las formas hasta ese momento conocidas (las que hasta la fecha son prácticamente las mismas).

Recordemos que los pilares fundamentales de la democracia son la libertad y la igualdad, pues el gran postulado de la democracia es “todos iguales, todos libres, todos soberanos”. La libertad democrática quiere decir que nadie sea pura y simplemente súbdito o gobernante, sino ya lo uno, ya lo otro. Aquí es Platón quien dice “el mayor peligro de la democracia radica en su misma debilidad interna, es indulgente y benigna, y permite que la excesiva libertad prepare el campo a los demagogos y los tiranos”… éste pensamiento es de ¡3 siglos antes de Cristo!

Pues sigamos entonces con el análisis platónico de las formas de gobierno. Luego de examinar a la timocracia y la oligarquía, se propone el análisis de la democracia. Para éste filósofo ésta surge tras la revolución de los pobres contra los ricos (los gobernantes de la oligarquía), o bien, por la cobardía de éstos ante la bronca de los pobres. Es decir, es un estado posterior al oligárquico (en el cual los gobernantes se eligen según el censo de sus riquezas), en donde ya todos serán perfectamente iguales y libres. Cada hombre es entonces libre, tanto de acción como de expresión, y cada uno puede hacer lo que quiere, cada cual puede elegir el género de vida que le plazca, y por lo tanto habrá toda clase de hombres. Aparentemente es el más hermoso sistema de gobierno entonces. Se establece una especie de igualdad entre los iguales y los desiguales (refiriéndose a las clases de hombres).

Sin embargo, con el devenir de la vida social, se comienzan a ver sus debilidades, pues cada cuál hace lo que quiere, y allí surgen los problemas. Y de allí su mayor debilidad. Por eso pregunta Platón “¿No será que el deseo inmoderado de aquello que la democracia considera su bien supremo constituye lo que la destruye?”. Ese bien es la libertad, y el deseo inmoderado de ella y la despreocupación de todo lo demás es lo que induce a cambiar esa forma de gobierno, haciendo sentir la necesidad de la tiranía. Los gobernados comenzarán a acusar y a “tildar” de oligarcas a los gobernantes que no les otorguen la libertad absoluta. A la vez, los gobernantes, inducidos por sus deseos de mantener el poder en sus manos, contentando a los gobernados, comenzarán a otorgar “libertades” o bien “derechos” o “gracias” desequilibradas o irrazonables, con lo cual apacentarán a las masas, y serán altamente “glorificados”.

Es sorprendente, pero sigo insistiendo, éste análisis del filósofo es de 3 siglos antes de Cristo, y sin embargo pareciera que nos describe lo que ha venido sucediendo durante todos éstos años en los países democráticos, o, para no ser tan generalizador, en nuestra propia Argentina.

Para seguir con el análisis, y teniendo en cuenta éstas reflexiones, para lograr responder ¿Cuál es la finalidad de la democracia?, es preciso ya en éste punto distinguir dos objetos diferentes: la finalidad teórica de la democracia, es decir su deber ser, y la finalidad práctica, es decir su propio ser. Teniendo en cuenta esto, vemos que el ser de la democracia ha sido contentar a la masa de la población permitiéndole que elija a sus representantes, lo cuál, fruto de éstos vicios propios del sistema, sólo ha servido para preparar y fertilizar el campo para tiranías encubiertas en gobiernos democráticos, mientras que su verdadero fin (deber ser), el cual sería, permitir el acceso al poder de los hombres que mejor representen lo mejor del conjunto de la sociedad y conduzcan sus destinos en miras a lograr el bien común, ni siquiera ha sido recordado.

O sea que, teniendo en cuenta esto, podríamos decir que la democracia en realidad sí ha estado cumpliendo su finalidad práctica. Durante éstos años han gobernado siempre personajes que seduciendo a las masas han construido su poder absoluto (¡¡¡el principal enemigo de las revoluciones contra las monarquías absolutas!!!), lo que les ha permitido entronizarse como verdaderos monarcas al mejor estilo medieval, en donde el rey era una especie de divinidad terrena a la cuál todo lo creado debía rendirle (y pagarle) tributo. ¿A caso no es lo que ocurrió con Rosas?
Nuestros presidentes, más que representantes de nuestras virtudes ciudadanas han sido el reflejo de nuestras pasiones, de nuestros deseos desenfrenados identificados con una figura casi mística de un gobernante al que todavía confundimos con un rey, sin considerarlos como simples ciudadanos con buenas intenciones de tratar de gobernar una nación gigantesca con infinidad de problemas y miserias.

Creyendo que con nuestros votos “crearíamos” semi-dioses que nos resolverían todos nuestros problemas (desde los materiales hasta los espirituales, sociales como particulares), para lo cual se crea o legitima una ética que permite hacer, conceder, y realizar todo tipo de cosas con tal de que “yo”, ciudadano impotente de alcanzar mis metas y satisfacer mis ambiciones, vea satisfechas mis demandas. Todo le está permitido a ese gobernante a través de un enunciado que sería más o menos así: si es necesario violar la Constitución, que se viole, necesito respetar mi libertad absoluta para poder alcanzar mis metas imposibles.

La prueba de que la hipótesis platónica de que al gobierno democrático le sucede el tiránico, casi queda comprobada de forma irrefutable al corroborar que a grandes períodos democráticos le han devenido gobiernos totalitarios de dictaduras militares legitimadas por la población en general, que al ver que los gobiernos elegidos por el pueblo llegado un punto no eran capaces de satisfacer las ansias de libertad extrema, pidiendo a gritos que viniera alguien (o, algo…) al cuál ya ni siquiera formalmente lo limitaría una Constitución incapaz por sí sola de solucionar los problemas, y al cual le estaba todo “absolutamente” permitido (sea vender la patria, exterminar seres humanos o lo que sea).

Hoy, habiendo superado ya tal vez para siempre (creo, espero, y ¡ruego a Dios que así sea!) el triste mecanismo argentino de solución de crisis a través de golpes militares (legitimados por un pueblo ansioso de solución ¡mágica!), hemos ideado un nuevo mecanismo, menos cruel, pues no viene sentado en tanques de guerra, y más discreto, pues tampoco viene “vestido de verde”, pero sustancialmente semejante: los golpes de estado “democráticos” y las “dictaduras” en democracia. De esto, Kirchner ha resultado ser el ideólogo más audaz del siglo XXI (que recién comienza).

 

(continuará)

 



[1] "Democracia", Enciclopedia Microsoft® Encarta® 2000. Microsoft Corporation.

[2] “Derecho Político”, Germán Bidart Campos, Ed. Aguilar, Bs. As. 1962, pp. 400.

[3] Ob. Citada.

[4]Jacques Maritain, una concepción evangélica de la democracia”. Piero Viotto, MILÁN, martes, 23 marzo 2004. Se puede consultar en  http://es.catholic.net/sexualidadybioetica/371/837/articulo.php?id=16381, 03/x/07.


Publicado por GEGM_81 @ 0:07  | politica
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Comentarios
Publicado por Invitado
Domingo, 13 de abril de 2008 | 1:48
Germ?n te felicito por la iniciativa de exponer tus ideas a partir de un esfuerzo de investigaci?n y reflexi?n, te felicito por escribir luego de una preparaci?n previa y no lanzar ideas en forma desordenada sin siquiera un s?lo proceso de autocorrecci?n.
Publicado por fede pereyra
Mi?rcoles, 02 de julio de 2008 | 14:46
...la verdad es que esta muy interesante, y me dejo pensando... mis felicitaciones, y espero la segunda parte..